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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

¿Quién ganó el debate?

«El silencio del pueblo declara su tristeza y su indignación; pero la voz del pueblo puede sonar terrible como las trompetas del juicio ¡Que mis palabras no resbalen ligeramente sobre corazones frívolos y que penetren en el vuestro como dardos de fuego!». (Azaña).

Doña Soraya, en todo momento, con ira contenida. Sabía que los reproches, casi siempre irrebatibles, iban en el guión. El señor Rivera amagó unas cuantas veces planteamientos que podrían resultar muy persuasivos, pero le faltó darles salida. El líder de Podemos fue el que más contrastes tuvo. Muy efectista fue su intervención final, tras haber patinado con los datos, citando mal y confundiendo un plebiscito sobre la autonomía con un referéndum de autodeterminación en Andalucía. Por último, don Pedro Sánchez no pudo defender lo indefendible, es decir, presentar a su partido como una formación política impoluta en asuntos de corrupción y de recortes, sin perder de vista tampoco que, tras 21 años de gobiernos socialistas, cuesta mucho creer que sus dirigentes sean de izquierdas en algo más que en las siglas.

Lo que más se dirimió fue la dicotomía entre vieja y nueva política, dicotomía que planteó Ortega en 1914, lo que da idea, en primer término, de lo poco que cambió este país, o, si se prefiere, de que hay problemas que parecen no resolverse nunca en España. A propósito de Ortega, bueno sería que los candidatos conocieran aquello que dejó escrito nuestro filósofo siguiendo a Renan y que tiene que ver con la idea de nación como un sugestivo proyecto de vida en común.

Pero vayamos a la vieja y nueva política: lo cierto es que los llamados partidos emergentes saben bien que se espera de ellos que dejen atrás viejos vicios que, más allá de los casos más sonoros de corrupción, se acabe de una vez con los privilegios de los que goza la mal llamada clase política, privilegios no sólo injustos, sino también indignantes. Y es cierto que se lanzaron señuelos de posibles acuerdos al respecto.

Por otro lado, mientras que don Pedro Sánchez quiso en todo momento dejar claro que PP y Ciudadanos eran la derecha, doña Soraya no metió en el mismo saco a Podemos y al PSOE. Ella estaba allí para encajar ataques de todos y para parapetar al ausente Rajoy.

Según pudo verse ayer, partido único el PP como gestor eficaz contra la crisis. Partido único también el PSOE como la solución a poner fin a los recortes de todo tipo de Rajoy. O sea, que el PP ya da por hecho que la crisis se quedó atrás, también doña Soraya se mostró como una abanderada contra la corrupción y se permitió el lujo de defender la LOMCE. Se necesita valor por ambas partes para esgrimir semejantes reclamos. Por su parte, se diría que, según el señor Sánchez, los recortes y la corrupción no van con el PSOE. ¡Madre mía! ¿Alguien se puede creer que el partido de los ERES y que tiene como reina madre a Felipe González es una formación política de izquierdas? De lo que acontece en Cataluña, doña Soraya no establece relación entre sus políticas y el aumento del independentismo en ese territorio, ni tampoco el señor Sánchez parece ser consciente de lo mucho que contribuyeron los bandazos de Zapatero al malestar catalán. Todo vale y todo les vale.

¿Y qué decir de los cambios de discurso que viene teniendo Podemos desde su irrupción en la vida pública a esta parte? Desde luego, Pablo Iglesias ya no está por la ruptura con respecto a lo que el propio partido definió como «régimen del 78». En menos de un año, el cambio de discurso es llamativo. Y, por otro lado, no le vendría mal cuidar más la precisión en los datos. El domingo día 6 de diciembre en un artículo que publicó en un diario nacional reproducía unas palabras de Azaña que dató en 1924 cuando pertenecían a un discurso de 1933. Y en el debate a cuatro, cuestiones fonéticas al margen, incurrió en los errores apuntados. La precisión en los datos es obligada siempre, máxime en un profesor universitario. Y la coherencia en el discurso es una exigencia ineludible si se pretende acabar con la vieja política.

En cuanto al señor Rivera, como dije más arriba, da la impresión de que, al final, no da salida a sus propuestas, lo que le perjudica, sin duda, electoralmente. Y, por otro lado, se podría intuir que el ascenso continuo que las encuestas le vaticinan lo ponen nervioso. También sería interesante que despejase incógnitas respecto a sus políticas económicas y sociales, que dan cierta inseguridad. Tiene muy fácil presentarse como una derecha menos casposa y carpetovetónica que el PP. Pero falta hace que sea consciente de que el país, tan castigado por la crisis, no está para aventuras en política económica que ahonden aún más en las desigualdades y en la pobreza.

La palabra cultura apenas se pronunció. La importancia de la investigación científica también estuvo ausente. Por otro lado, nadie se mostró por la labor de acabar con las diferencias en materia de impuestos y de sueldos públicos en función de la autonomía donde se resida.Nunca da tiempo a abordarlo todo, pero bien es verdad que las ausencias son tan significativas como las presencias.

Y, por último, tan imperdonable fue la ausencia de Rajoy, como injustificable resultó la exclusión de Garzón y de UPyD. Con independencia de lo que vaticinan las encuestas, la ciudadanía tiene derecho y hasta necesidad de conocer las propuestas de los partidos que se presentan.

Y, en fin, no creo que el debate a cuatro haya sacado de su indecisión a la mayoría de quienes aún no saben por qué papeleta optar el 20 de diciembre.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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