De entrada, cuando se tiene la certeza de que hay, al menos, cuatro fuerzas políticas estatales que obtendrán una representación nada marginal en el próximo Parlamento, el hecho de haber repetido un cara a cara entre los candidatos de los dos partidos hasta ahora mayoritarios supone una falta de respeto al electorado en su conjunto. Por tanto, hemos asistido a un episodio que se niega a ver la realidad del aquí y el ahora de este país. Y eso es grave e indigno.
Para seguir, si nos centramos en lo que dio de sí el debate, tengo para mí que cabría hablar de mediocridad, marrullerías y zafiedades. Desde luego, no puede decirse que ni Rajoy ni Sánchez hayan dado muestras de grandes dotes de persuasión, ni que tampoco hayan sido capaces de exponer la líneas básicas de un proyecto de país que pudiese captar la atención del respetable.
Y, por otro lado, este debate tenía su trampa, además de la señalada más arriba con respecto a la ausencia de los candidatos de otras formaciones políticas. Fíjense ustedes: la apariencia era que estaban frente a frente un político veterano, desgastado por una acción de Gobierno con menos luces que sombras, ante un nuevo líder que acaba de ganar unas primarias, sin hipotecas de bochornosos lances relacionados con la corrupción. Pero, en realidad, el busilis del debate no fue la confrontación dialéctica y retórica entre dos generaciones, sino que se trató de muy distinta cosa: de una discusión entre dos dirigentes en cuyos partidos habita la podredumbre, lo que inevitablemente lleva al tan manido ‘y tú más’.
Se ponga como se ponga, es incontestable que, tras la publicación de los mensajes de texto con Bárcenas, Rajoy tendría que haber dimitido, por estética o, si se prefiere, por decencia. Por tanto, no es que el señor Sánchez lo haya derrotado en el debate televisivo, sino que a don Mariano, en cuanto a ese asunto, no lo queda otra que comparecer como vencido de antemano.
Cierto es también que el señor Sánchez no puede sacar pecho por la honestidad de su partido, toda vez que se le pueden poner muchos ejemplos que lo desautorizarían moralmente.
Por si todo ello fuera poco, los logros de los que alardea Rajoy no resultan suficientes para salvar una legislatura salpicada por los escándalos, también en campaña, y ennegrecida por la dureza de una crisis que llevó a muchos ciudadanos a una miseria desesperante. Añádase a ello la prepotencia con la que el Gobierno utilizó su mayoría absoluta.
¿Y qué decir del señor Sánchez? Don Pedro no puede negar que la España de hoy es en no pequeña parte consecuencia de los veintiún años de Gobierno de su partido. Rajoy no se hizo cargo de una España maravillosa. Y es que, siguiendo con el candidato socialista, no estamos hablando de un político que esboce un discurso de renovar y regenerar su partido.
Y, en cuanto a los proyectos presentados, más de lo mismo por parte de un Rajoy cansino y agotado. Y, de otro lado, el señor Sánchez no concreta las ventajas de sus propuestas, que no digo que no las tengan, en lo que se refiere a la vertebración territorial, ni tampoco en lo tocante a regeneración política: puertas giratorias, designaciones digitales, sueldos de los políticos, endogamias, privilegios, listas abiertas, financiación de los partidos, y así un largo etcétera.
Otro problema del señor Sánchez es el ideológico. Está muy claro que el PP y Ciudadanos son la derecha, lo que da pie a la duda es que el PSOE sea de izquierdas en algo más que en sus siglas. Y tiene difícil, de una parte, convencer de sus propuestas regeneracionistas frente a Ciudadanos. Y, de otra parte, convencer a los votantes de Podemos y de IU que, desde la perspectiva de la izquierda, es más útil votar al PSOE.
Bien mirado, en las horas más bajas del bipartidismo, un debate entre sus respectivos candidatos no puede dar mucho más de sí que lo antes expuesto: mediocridad y marrullerías.
Salvo para los muy entregados y muy convencidos de antemano, el debate de ayer fue un capítulo más en el ya largo inventario de decepciones del bipartidismo.