Primero fue aquel ‘síndrome confusional’ que libró a Maese Villa de dar explicaciones de su fortuna ante el Parlamento autonómico. Y ahora, cuando le toca justificar qué pasó con los ingresos de unos cuantos años que, en teoría, deberían haber ido a parar a su sindicato, al SOMA, y no a su bolsillo, la defensa del otrora todopoderoso líder sindical alega «padecimientos médicos irreversibles». Ante ello, la magistrada que lo había citado a declarar, decidió que un forense examinase en su propio domicilio al personaje que aquí nos trae.
La cosa es paradójica a más no poder. Resulta que en su momento estaba citado a declarar en la Junta General del Principado ante una Comisión que se creó ad hoc para investigar su caso. Es decir, se le convocó en una institución de la que formó parte como diputado autonómico Dios sabe cuántos años. Y ahora tendría que responder ante la Justicia a resultas de una denuncia del sindicato que capitaneó a lo largo de décadas.
Esperando al forense no sólo en su domicilio, sino también en la vida pública llariega. De lo que dictamine dependerá que continúe el silencio de alguien a quien le encantaba perorar acerca de sus trabajos y sus días, o que cumpla con la liturgia de desfilar ante un juzgado.
Cierto es que nuestra pequeña historia ya ha juzgado a Villa, y la sentencia no parece que vaya a ser, ni mucho menos, absolutoria. Cierto es también que no se trata sólo de un caso donde sólo se dirima el comportamiento público de un ciudadano, sino también de un partido político, de un sindicato y hasta de una época política, que auparon al personaje a la cúspide de la política convirtiéndolo en todo un referente.
Y, poniéndonos incluso en las hipótesis más favorables, mal parado queda un partido político que ni siquiera sospechó, oficialmente se entiende, lo que estaba sucediendo. No mejor parado queda un sindicato que, a lo largo de tantos y tantos años, no le pidió cuentas de los dineros que, en teoría, iban destinados a sus ingresos, que no a la de su indiscutido e idolatrado líder. Mal parados quedan todos aquellos compañeros de partido y de sindicato que no sólo lo adularon hasta la náusea, sino que se lo deben casi todo a él para haber llegado a ser unos auténticos profesionales de la política.
Esperando al forense. Imagine el lector por un momento que lo que dictaminase llevase a la magistrada a obligar a que Maese Villa prestara declaración y que, además, hablase. Su relato sería muy previsible. Casi toda la narración insistiría en que fue un benefactor que hizo tanto por las cuencas, por la minería y por Asturias, y que, ante tanta ingratitud y deslealtad, decidió en último término ocuparse de sus intereses. Y, como principio y final del relato, vendría que ama y amó a Asturias, a la minería y a la izquierda sobre todas las cosas.