Pablo Iglesias consiguió, por un lado, atenazar aún más a Rajoy que cada vez tiene más difícil prolongar su agonía política, y, de otra parte, el órdago lanzado a Pedro Sánchez no deja de tener su no sé qué de ensañamiento y prepotencia. Sigue ganando batallas mediáticas el líder de Podemos y la cosa promete tener largo recorrido.
A día de hoy, la madre de todos los consensos políticos en España estriba en que hay una mayoría absoluta más que holgada a la hora de rechazar a Rajoy. Todo lo demás son incógnitas. Y es en este campo donde el líder de Podemos se está comportando como todo un virtuoso a la hora no sólo de erigirse continuamente en noticia, sino también en ser el que mejor sabe manejar el tablero político que tenemos ante nosotros.
Lo voy a decir muy claro. No me parece que Pedro Sánchez sea un líder político con la talla de estadista que los tiempos demandan. Por si ello fuera poco, su partido no se encuentra en condiciones de erigirse en ejemplo de honestidad y coherencia. Dicho lo cual, resulta excesivo que Iglesias haya protagonizado una puesta en escena en la que perdona la vida al candidato socialista y en la que se siente con autoridad para hacer nombramientos en un hipotético gobierno de coalición entre PSOE y Podemos.
Desde luego, Iglesias tiene mucha más formación que la mayor parte de los profesionales de la política que estamos padeciendo. Ahora bien, no le conviene perder de vista que está a años luz de tener una capacidad intelectual como Azaña. No es para sacar pecho no haber leído a Kant ni tampoco citar mal a Azaña como hizo en un artículo publicado en la prensa nacional durante la pasada campaña. Y, en todo caso, Sánchez, con todas sus grandes limitaciones, consiguió más votos que Podemos, y no se puede ofrecer un pacto político desde una actitud que avasalla y que parece pretender el vasallaje.
Estratega Pablo Iglesias que, de entrada, aparta a Rajoy y pone nervioso al PSOE azuzando su división interna. Estratega Pablo Iglesias que deja pocas dudas acerca de su intención de fagocitar y engullir al PSOE en un hipotético Gobierno de coalición.
Quiere decirse con ello que no sólo consiguió paralizar aún más a Rajoy, algo de suyo muy difícil, sino que además encendió la mecha en el seno del PSOE. Así, cuando Sánchez habla de la necesidad de un «gobierno de progreso en España» parece desconocer que su partido fue el que comenzó con los recortes, que su partido privatizó las Cajas de Ahorro, que su partido, desde los tiempos del felipismo, protagonizó escándalos de corrupción gigantescos, que su partido también participó en la ola privatizadora de servicios públicos en todas las Administraciones, que su partido forma parte de esa casta a la que, con razón, fustiga Podemos. ¿No son casta gentes como Pajín o Maleni? ¿No son sonrojantes los intentos privatizadores que llegaron a negociar la venta de las loterías, siendo la señora Salgado la responsable de economía de Zapatero?
Estratega Pablo Iglesias que, insisto, azuza las disensiones internas de un PSOE que se sigue reclamando progresista y que, en sus políticas, sólo fue de izquierdas en las siglas.
¿No es una enorme contradicción mostrarse dispuestos a gobernar con esa casta a la que se vino combatiendo? ¿Hay que descartar que detrás de todas estas escenificaciones mediáticas exista una clara intención de que convoquen nuevas elecciones?