“Para definir una época no basta con saber lo que en ella se ha hecho; es menester, además, que sepamos lo que no se ha hecho, lo que en ella es imposible» (Ortega y Gasset).
En su particular ceremonial del pasado viernes, Pablo Iglesias habló de «un ministerio de la plurinacionalidad», o sea, un nuevo café para todos sin Clavero Arévalo, en el que, según cabe suponer, se elegirá si es solo, con leche, cortado, o vaya usted a saber cómo. Por su lado, la señora de Cospedal, no repuesta aún de su fracaso como mandataria autonómica, vino a referirse a una especie de segunda transición en la que estuviesen juntos los partidos que ella llama constitucionalistas. Frágil memoria la de doña Dolores si se piensa que, en su momento, fue el PP (entonces AP) quien más reparos puso a la llamada Carta Magna.
¿Es que aquí nadie recuerda lo que dejó consignado Marx acerca del modo en que se suele repetir aquello que empieza con toda la liturgia escénica, es decir, que termina como comedia bufa? ¿Es que todo el mundo perdió aquí de vista que hay modelos que están agotados?
Y, miren, más allá de las incógnitas sobre la formación del próximo Gobierno, lo verdaderamente inquietante es que, dejando de lado consignas, maniqueísmos y topicazos, nadie puso sobre la mesa un proyecto de país aglutinador y con ambición de futuro.
¿De verdad se quiere hablar claro? ¿Cómo se puede atrever el PP a mentar siquiera la igualdad ante la ley en políticas territoriales, cuando los sueldos públicos y los impuestos varían según la autonomía donde se resida? ¿Cómo se pueden atrever algunos partidos políticos a sacar pecho por la regeneración política cuando son los primeros en no renunciar a sus privilegios? ¿Cómo tienen la desfachatez algunos otros de obviar que tenemos una ley electoral injusta donde la igualdad no se plasma en el alcance del número de votos?
¿Reinventar la Transición para repetir errores? No, gracias. ¿No llegó el momento en el que hay que poner sobre la mesa una reforma a fondo de la Constitución para poner freno a muchos de los errores que nos han llevado a la situación actual? ¿No llegó el momento de dejar bien claro quiénes son los que de verdad se suman a un proyecto común que, por una vez, posponga los particularismos? ¿O es que nadie tiene madurado ese proyecto en común? Y, si nadie lo tiene madurado, ¿no pueden, al menos, reconocer que los deberes no fueron hechos y que toca ponerse manos a la obra con espíritu de acuerdo, esto es, con el compromiso de entrar un periodo constituyente?
¿Qué pinta Rajoy declinando? ¿Qué pinta Pedro Sánchez sacudiéndose el entusiasmo no disimulado con que recibió el regalo explosivo de Podemos? ¿Qué pinta Pablo Iglesias desdiciéndose ya tan pronto de lo que afirmó en campaña acerca de su negativa a gobernar con el PSOE? Y, en cuanto a las formaciones nacionalistas, ¿no podrían presentar un proyecto de España, todo lo plurinacional que se les antojase con cabida para todos? ¿O acaso sólo hay una España posible? ¿O acaso la historia no enseña que hubo y hay otras Españas, integradoras y respetuosas?
¿Reinventar la Transición? Mejor sería reinventar España, pero el lastre es enorme y dificultoso, sobre todo, porque se supone que la solución les toca a los que son el problema.