Es mucho lo que tiene sobre sí don Pedro Sánchez. Sabe –o, al menos,debería intuir– que le toca ahora marcar una clara discontinuidad política con lo que vino haciendo su partido en todos sus gobiernos que formó desde 1982 a esta parte. Sabe que la madre de todos sus peligros sería entregarse al PP, aunque fuese por pasiva, porque con ello no haría más que reforzar el descrédito que viene sufriendo desde que no pequeña parte de la ciudadanía sospecha, no sin cierta amargura, que todos los políticos son iguales, sobre todo que entre el PP y el PSOE las diferencias llevan décadas de mengua. Pero sabe también –o tendría que saberlo– que gobernar en coalición con Podemos comporta no pocos riesgos, riesgos de ida y vuelta, porque no todos los votantes de la formación morada lo aplaudirían.
Por otro lado, también tiene que constarle al líder socialista que los pactos con los nacionalismos tienen sus rémoras y que, sobre todo, eso ya está ensayado en Cataluña, en Galicia y en España, y que además cosechó sus decepciones y chascos.
Lo que tiene ante sí el señor Sánchez no es sólo acertar en la decisión que tome en cuanto a presentar su candidatura a presidir el Gobierno, sino que, ante todo y sobre todo, le toca algo tan difícil como recuperar una credibilidad política que el PSOE vino perdiendo desde las corruptelas del felipismo, desde los bandazos de Zapatero, también desde las corruptelas en gobiernos autonómicos y ayuntamientos. No sería del caso culpar al PP de ser el único partido salpicado por la corrupción en España, por mucho que sus escandaleras sean tan continuas como nauseabundas.
¿Qué se espera del PSOE? Ante todo, tener un proyecto de país y concretarlo, un proyecto de país que intente dar respuesta no sólo a una crisis económica terrorífica, sino también a los desafíos territoriales, así como a un rechazo creciente por parte de la ciudadanía a determinadas formas de hacer política, en las que el PSOE viene incurriendo desde hace tiempo. Toca esbozar un discurso regeneracionista e inequívocamente combativo contra la desigualdad. Toca, al menos, ser socialdemócratas.
Toca recuperar la credibilidad merecidamente perdida de un partido que se reclama de izquierdas y que se cargó las cajas de ahorro, privatizándolas. De un partido que se declara laico y que, sin embargo, no parece dispuesto a reconsiderar el negocio de eso que llaman enseñanza concertada. De un partido que no puede seguir teniendo como reina madre a un ciudadano tan poco ejemplar como Felipe González. De un partido que en algún momento tendrá que plantearse su ADN republicano.
Toca la discontinuidad con lo que fue el PSOE desde 1982. Y esto no es nada fácil, aun suponiéndole las mejores intenciones al respecto al candidato socialista. Toca romper con la vieja política de la que viene formando parte desde que se constituyó el primer Gobierno socialista. Toca ser conscientes de que a este partido apenas lo votan las gentes más jóvenes y que se llevó batacazos de órdago en territorios como Madrid que vienen marcando la pauta electoral desde hace décadas.
Se espera del PSOE que rompa con Suresnes. ¿Querrá, sabrá y, en su caso, podrá hacerlo don Pedro Sánchez? Muy largo el desafío que tiene ante sí.