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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Rubén Darío y Asturias

1905, la inmortal obra Cervantina, Don Quijote de la Mancha, cumplía 300 años. Es el momento en el que comenzaría un fenómeno tan literario como fecundo, que advirtió Azorín con precisión: el Quijote comenzaba a inventarse o reinventarse. Darío se suma ese mismo año a ello con su Letanía de nuestro señor don Quijote, libro que, por cierto, dedicó a Francisco Navarro y Ledesma, cervantista de referencia. Pues bien, es también en ese año cuando el gran poeta nicaragüense se traslada en verano por vez primera a Asturias, a una Asturias que entonces estaba muy lejos de ser el furgón de cola de España, pues, antes al contrario, se encontraba en la vanguardia de la cultura en España.

Visita estival de Rubén a Asturias, concretamente, a una comarca donde la mejor España también se daba cita. En ese sentido, conviene hacer mención, aunque sea de pasada, a Rafael Altamira, y a su vinculación con San Esteban de Pravia. Y es obligado, al mismo tiempo, referirse a Pérez de Ayala, que no sólo visitó a Rubén Darío en sus estancias veraniegas en nuestra tierra, sino que además hay que advertir que la citada comarca tiene su protagonismo en la obra de don Ramón, tanto en su obra poética, como en determinados personajes de sus novelas del ciclo autobiográfico.

Así las cosas, la comarca de Asturias que Rubén Darío visita  concita no sólo la propia presencia del poeta, sino también la del institucionismo y la de una literatura como la ayalina, nada ajena al modernismo, nada ajena a los imperativos estéticos de su tiempo a los que Ayala no fue en absoluto indiferente.

San Esteban de Pravia, San Juan de la Arena, Riberas de Pravia. Bajo Nalón. El mar en San Juan, la desembocadura muy cerca de San Esteban de un río Nalón que se entrega al mar Cantábrico. Comarca entonces pujante en la que le ferrocarril acababa de llegar, ferrocarril que encauzó la necesidad de poner fácil la exportación del carbón en Asturias. Lugares que siguen siendo de ensueño y que atesoran un pasado ambicioso que, a día de hoy, deja en nosotros una melancolía difícilmente superable.

El mar y el carbón, también la pintura si pensamos en Muros del Nalón.

Sumemos a todo lo expuesto, algo que no es nada baladí sobre las estancias veraniegas de Rubén Darío en la comarca de la que venimos hablando que tendrán en la figura de Azorín todo un cronista de lujo, pues allí visitará al poeta.

Prestemos atención a estas palabras de Azorín describiendo su encuentro con Rubén Darío: “El mar envía, fuera, entre las tinieblas, sus olas que rompen con estrépito sobre las olas. El poeta calla y nos sonríe con su amable sonrisa”.

No deja de ser curioso que el mismo Azorín que había escrito páginas memorables sobre la vida cotidiana de Leopoldo Alas, que tanto combatió al modernismo que Rubén encarnaba, haga de cronista de su principal referente. Es el mismo Azorín al que Ayala le dedicó un poema cuando vino a Oviedo con su paraguas rojo, con  su melancolía a cuestas.

Tiene lugar la visita en 1905. Azorín ya describe a un poeta maduro, que dejó atrás sus primeros entusiasmos esteticistas, o que, más bien, incorpora a ellos lo dramático y lo profundo. El poeta es visitado en la noche por Azorín, cuando el mar sopla fuerte, cuando la magia se cierne sobre San Juan de la Arena y San Esteban de Pravia.

No deja de ser llamativa, por otro lado, la omnipresencia de Cervantes en la trayectoria vital de Rubén Darío, omnipresencia cervantina que, además, coincide, como ya consignamos más arriba, con la primera estancia veraniega del poeta en Asturias y que, de otra parte,  se repite también el año de la muerte del gran literato nicaragüense.

La muerte de Rubén Darío tuvo lugar el 6 de febrero de 1916. Cien años después, estamos en plenas efemérides cervantinas y también en el centenario de uno de los gigantes de la poesía en lengua española.

Vino a Asturias por vez primera el año en que publicó su Letanía de nuestro Señor don Quijote. Y esta tierra debe homenajearse a sí misma recordando las estancias de todo un genio de las letras que encontró aquí magia y descanso, que tuvo ilustres visitantes y que dio esplendor a una comarca que da cuenta de lo mejor de nosotros mismos, en lo geográfico, en lo histórico y en lo estético.

Al cisne, sí, le torcieron en cuello. Pero la mejor literatura entona de continuo ese mismo canto del cisne. En las comarcas que visitó Rubén, cabe percibir ese canto en todo momento. Es cuestión de oído y sensibilidad para evocar e invocar.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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