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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

A propósito de Sartre

«Cuando le conocí, usted me dijo que quería ser Spinoza y Stendhal a la vez». (Palabras de Simone de Beauvoir a Sartre).

Literario mes de abril. Inquietante mes de abril. Mes de lluvias y vientos, mes de conmemoraciones republicanas, mes nerudiano, mes de César Vallejo, mes de explosiones primaverales que disparan alergias y ansiedades, mes que en la actualidad señala la podredumbre de la corrupción y la miseria en nuestro aquí, en nuestro ahora. Mes en el que, de vez en cuando, hay que distanciarse de lo acuciante y cobijarse en lo señero, en este caso, en la inteligencia, en este caso, en Sartre y, con ello, librarse del olor a estercolero que nos inunda. Y, con ello, atrincherarse ante los ataques de la banalidad,de lo mezquino y de lo inane.

¿Cómo no imaginarse a Sartre, a día de hoy, implicándose en las protestas sociales de su país? ¿Cómo no afligirse ante una Francia que no tiene, como el resto de Occidente, quien la acuse, quien la sacuda, quien la conmueva? ¿Cómo no imaginarse a Sartre en el enclave de dolor y oprobio que se dan cita miles de refugiados? ¿Cómo no imaginarse a Sartre pronunciándose ante todo lo que supone el mundo virtual y sus potencialidades? ¿Cómo no imaginarse a Sartre comprometiéndose con todo cuando sucede, azuzando con su presencia y, sobre todo, con su pluma? ¡Cuánta orfandad!

Al igual que César Vallejo, se murió un 15 de abril. Al igual que César Vallejo, fue, intelectualmente hablando, un gigante. Al igual que otros muchos intelectuales coetáneos suyos, representa una época en la que no existía, como hoy, orfandad con respecto a grandes referentes que se implicaban de continuo en la vida pública.

Más allá de sus errores y aciertos, más allá de sus contradicciones, algunas de enorme calado, Sartre es, sin duda, el último representante de un mundo en el que el arte, el pensamiento y las letras no podían ser soslayados en el día a día de la vida pública. Estamos hablando de un intelectual que fue recibido con honores de Jefe de Estado en multitud de países. Estamos hablando, insisto, de un gigante. No es casualidad que Bernard- Henry Lévy haya titulado su imprescindible libro sobre la figura que aquí nos ocupa como ‘El Siglo de Sartre’.

Por eso, cabe hablar de Sartre y de sus contradicciones. ¿Cómo no tener en cuenta que Sartre, a pesar de su izquierdismo, no prescindió, a la hora de elaborar su pensamiento, de Heidegger? ¿Cómo pasar por alto su ceguera ante determinados totalitarismos? ¿Cómo no tener en cuenta lo injusto que fue con Camus, del que dijo entre otras cosas que se sustentaba en una filosofía ñoña? ¿Cómo olvidar aquel existencialismo tan omnipresente en el pasado siglo que generó infinidad de obras literarias memorables?

Sartre no es un pensador que necesite elogios ni salvaciones, pues hablamos, repito, de un gigante. Sartre pretendió en todo momento que el lector lo criticase, que la ciudadanía lo analizase con criterio. Sartre fue, como Unamuno, «un agitador de espíritus».

Por eso lo añoramos. Por eso, en este abril, acudimos a él, con César Vallejo y con aguaceros, con Zola y su «yo acuso», con Beauvoir que tanto lo engrandeció sin adularlo. Y acudimos a Sartre, porque Europa es, a día de hoy, intelectualmente hablando, un erial.

Acudimos a Sartre, desgañitándonos, tras la aguardentosa lectura de César Vallejo. Acudimos a él, a su recuerdo, a su trayectoria, en busca de sacudidas que nos saquen del marasmo y de la sedación que imperan.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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