«Bien puede haber puñalada sin lisonja, mas pocas veces hay lisonja sin puñalada». (Quevedo).
Detesto los linchamientos y me parece muy poco estético sumarse a ensañamientos contra el muñeco de pimpampum de turno. Y, en el caso que nos ocupa, está de más decir que Riopedre tiene todo el derecho del mundo a defenderse y a impugnar la sentencia del llamado caso Renedo en lo que a su persona concierne.
Dicho esto, por un lado, cabe recordar que lo que alega el ex consejero no es nuevo, pues se manifestó en términos muy semejantes cuando compareció en la comisión que se creó sobre el caso en el Parlamento autonómico.
Y, miren, me llama mucho la atención que, por así decirlo, ‘confiesa’ haber dicho expresiones inapropiadas, o sea, ‘palabrotas’, y cabe colegir que eso que reconoce se refiere a alguna de las conversaciones telefónicas que se grabaron en las investigaciones sobre el proceso judicial que aquí nos trae.
Y, por mucho que en la sentencia se recoja que parte de sus actuaciones tuvieron como causa la voluntad del ex consejero de favorecer a la empresa de su hijo, don José Luis niega tal cosa, al tiempo que manifiesta que nunca fue sabedor de posibles irregularidades de otras personas. Y, como guinda a todo ello, pone de relieve que lleva un tipo de vida austero, esto es, que no se enriqueció a resultas de su cargo.
Por si todo ello fuera poco, se reclama luchador por la justicia y la democracia, y, en este sentido, la sociedad podría sentirse en deuda con él. No llega al extremo de considerar que la democracia llegó gracias a su actividad política, pero sí afirma que luchó en pro de las instituciones democráticas.
Así las cosas, a través del comunicado enviado a la prensa por el despacho de abogados que se encarga de su defensa, se pretende transmitir la imagen de un combatiente por la democracia y de un hombre austero con una capacidad de resistencia muy estoica.
No hay autocrítica de su gestión, no se siente responsable político de lo que pudieron haber hecho otros cargos de su consejería. Sólo se reconoce, así pues, una posible debilidad: haber dicho palabrotas en conversaciones privadas. O sea, pecados veniales.