Desde que Rajoy compareció dando noticia de que el 21 de diciembre habría elecciones en Cataluña, a resultas de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, la madre de todas las preguntas consistía en saber si los partidos independentistas se presentarían a esos comicios convocados, dada la excepcionalidad de la situación, por el Gobierno de España. Y, tanto ERC como el PDeCAT, ya confirmaron que, en efecto, concurrirían. Sobre la CUP, siempre es pronto para saber algo definitivo.
Y era la madre de todas las preguntas porque, de no concurrir a las elecciones las formaciones independentistas, se antojaría casi imposible la más mínima esperanza del retorno a la normalidad política en Cataluña.
Aun así, las incógnitas son muchas. De entrada, habrá que ver cómo reaccionan los miembros del Gobierno autonómico cesados por la aplicación del mencionado artículo de la Constitución, sin perder de vista el proceso judicial al que se enfrentarán.
Será, sin duda, una campaña electoral muy atípica, marcada por los acontecimientos que vinieron sucediendo. Y, en todo caso, hasta que se conozcan los resultados, solo habrá, en el mejor de los casos, un compás de espera.
¿Deconstrucción o reconstrucción? No es fácil asimilar, socialmente hablando, haber vivido una situación ficticia. No es fácil que quienes no fueron capaces de alcanzar acuerdos cambien su disposición y se vuelvan dialogantes. No es fácil recuperar el sentido de la realidad y reconstruir la convivencia social.
Y no hablo solo de los puentes rotos entre Cataluña y España, sino también del conflicto interno dentro de Cataluña. No hay que descartar el descontento social de quienes pueden llegar a sentirse engañados. No hay que perder de vista que no se puede llevar a cabo una secesión con una mayoría parlamentaria exigua y atípica.
Sería muy deseable que todos hayan aprendido algo para que el problema no se agrande ni se enquiste. Se llegó demasiado lejos, se incurrió en algo quimérico. De un sueño de muchas personas, antes de convertirlo en pesadilla, hicieron un folletín, o, si se prefiere, un culebrón. Se jugó con fuego, sacando a relucir odios de los unos de los otros. Se puso de manifiesto la capacidad de tomar como asidero algo tan inconsistente como el resultado del referéndum del 1-0, de tan triste recuerdo para unos y para otros.
Es hora de recuperar la cordura, el diálogo y el respeto.
Cataluña es algo muy serio, algo muy importante, y no es de recibo convertir su vida pública y su futuro más inmediato en un galimatías que roza lo esperpéntico.