P.L. Salvador firma en esta novela una fábula moral atípica
Fue todo un hallazgo la lectura de “Nueve semanas (justas justitas)”, de P.L.Salvador, por el desenfado, por el descaro y por el riesgo que supone alejarse de lo convencional en la narrativa. Y de ello me dice eco en su momento en una reseña en este mismo suplemento.
Con respecto a su segunda novela, “2222”, puedo decir que, tratándose de una obra muy diferente, tanto en lo temático como en lo estilístico, que no sólo no me defraudó, sino que además su lectura resultó provechosa y grata.
El título da cuenta del momento en que se ubica la acción de esta historia. Una historia que plasma una situación límite en eso que llamamos humanidad. Y, desde esa tesitura, hay una serie de personajes que deciden qué hacer para salvar lo que parece inevitable.
Podríamos hablar de ciencia ficción, de una novela futurista, de una novela que plasma una hecatombe. Pero –fíjense-, me atrevería a afirmar casi todo lo contrario. Aunque la acción se sitúe en un futuro lejano y muy imperfecto, aunque deambulen androides por esta novela, lo que veo es, ante todo y sobre todo, una fábula, eso sí, muy genuina, en la que no son los animales quienes representan lo mejor y lo peor de nosotros mismos como especie, sino los androides y seres futuribles.
Y lo que veo también como uno de los principales rasgos distintivos de esta novela es que esa fábula tan atípica nos lleva a un tiempo muy lejano, pero también hacia atrás, nada menos que al relato bíblico, nada menos que a una especie de Arca de Noé donse refugian y viajan aquellos que quieren salvarse y salvar la especie.
Fábula moral extraordinariamente atípica en la que lo más esencial es algo muy conocido: o sea, hay alguien que decide salvarse y salvar a la especie, y actúa desde el convencimiento de lo irremediable, reparando más en los fines que en los medios. Los androides y los seres robotizados se contagian de lo peor de nosotros mismos y actúan, por lo común, sin reparar en daños más o menos colaterales, sin demasiados escrúpulos. Suena mucho, ¿verdad? Y, por último, la distopía, todo un clásico, que, en este caso se nos presenta no solo con lo polifónico en la alternancia de narradores, sino que también nos remite a esa literatura de denuncia y alarma cultivada, entre otros, por Huxley, aunque, en el caso que nos ocupa, el cuadro y el marco sean distintos y distantes.
Moraleja: lo peor no es que nos hayamos robotizado, sino que los robots y los androides se humanizasen. Toda una lección.