En la madrugada del 5 de julio, leyendo la edición digital de EL COMERCIO, sufro un enorme mazazo al tener noticia del fallecimiento de don José Luis Martínez, que fue durante 19 años presidente del Ateneo Jovellanos de Gijón, un hombre generoso, con unas inquietudes culturales admirables, por el que siempre sentiré una gratitud infinita.
Tuve la suerte de frecuentar su trato desde principios de los años 90, cuando me llamaron para participar en unas jornadas sobre Manuel Azaña. Y, con el paso del tiempo, presenté en el Ateneo Jovellanos la mayor parte de mis libros y fui invitado por él no sólo a pronunciar conferencias, sino también a organizar jornadas en torno a figuras de primer orden de nuestra cultura y de nuestra tierra. Por ejemplo, las que se celebraron
en la primavera de 2012 en torno a la figura de Melquiades Álvarez. Lo cierto es que fueron memorables no sólo por la enorme afluencia de público, sino también por el elenco de participantes.
Nunca olvidaré la generosidad de este hombre, generosidad por partida doble. Primero, volcándose a la hora de ayudar a escritores y conferenciantes, poniendo el Ateneo a su disposición. Segundo, por su talante. En este sentido, me parece obligado señalar que, ante todo y sobre todo, anteponía el interés cultural a cualquier sectarismo ideológico. Recuerdo que, en más de una ocasión, conversamos acerca de cuál era la función principal de un Ateneo, poniendo como ejemplo el legendario Club Siglo XXI, cuando se dio la circunstancia de que Fraga presentó a alguien que se estrenaba como conferenciante en tan selecto enclave. Se trataba de Santiago Carrillo.
Tenía muy claro don José Luis que el mundo cultural era amplio y diverso y que la pluralidad, a la hora de organizar actividades y de contar con conferenciantes, era obligada.
A lo largo del tiempo, fueron muchas las conversaciones memorables que tuvimos. Y nunca olvidaré la veneración que este hombre sentía hacia la mejor España intelectualmente hablando, la que recorre el periodo que se vino denominando nuestra Edad de Plata.
Así, cuando le hablé del libro que recoge la correspondencia entre Unamuno y Bernardo G. de Candamo, se puso todo en marcha para presentar en el Ateneo Jovellanos aquel volumen tan apasionante que daba cuenta, entre otras cosas, de la trayectoria del segundo, con raíces asturianas y con una obra digna de ser conocida.
Asturias pierde a un hombre al que se le debe mucho culturalmente. Un hombre que se ganaba el afecto y el respeto por sus inquietudes culturales y por su generosidad.
Al recibir la noticia, además del mazazo al que aludí más arriba, lamenté –y mucho– no haberme puesto en contacto con él con mayor frecuencia en los últimos años.
Lo dicho: una dolorosa pérdida en lo humano y en lo que se refiere a nuestra vida pública, que, también en lo cultural, se prodiga muy poco en ejemplos de generosidad, que seguía al pie de la letra don José Luis Martínez.
Estoy seguro que los libros y recuerdos que atesoró están sufriendo ya una orfandad enorme.