“Si una docena de individuos, no más de una docena, se encuentran viajando solos a través de una comarca desamparada, una de dos: o al poco tiempo se han puesto teóricamente de acuerdo, aceptando una obligación implícita de cooperar al bien general, y no de estorbarse, constituyendo así un rudimento de Estado, o se han aniquilado a mordiscos al poco tiempo”. (Pérez de Ayala).
¡Qué llamativo resultó, a decir verdad, ver y oír a Pedro Sánchez, implorando al PP y a Cs la abstención para facilitar un Gobierno del PSOE en minoría! Obviamente, nadie le puede negar el derecho a semejantes imploraciones, pero no hay que olvidar que, en su momento, el ahora candidato a presidir el Ejecutivo del reino de España hizo suya la famosa consigna del «no es no» para no dar paso a un Gobierno de Rajoy. Y aquello fue determinante para que los barones de su propio partido lo defenestrasen. Ítem más: también insistió varias veces en su discurso de investidura en proponer una reforma constitucional que permita que el candidato más votado aunque no cuente con la mayoría hasta ahora exigida, pueda ser investido. ¿Acaso tiene legitimidad para ello?
No se me interprete mal esto que digo, por favor. En su momento, me pareció muy respetable y lógico que Sánchez se hubiese negado a facilitarle a Rajoy que pudiera formar Gobierno. Y, por otra parte, no hay que olvidar que la militancia del PSOE le dio la razón otorgándole la victoria en unas elecciones primarias. Ahora bien, no parecen nada consecuentes esas imploraciones al PP y a Cs, que además resultaron inútiles, como cabía esperar.
Semejantes imploraciones pusieron claramente de manifiesto, la soledad de Pedro Sánchez. Llegó a la investidura sin haber alcanzado acuerdos con Unidas Podemos. Así pues, desde no se sabe bien qué hemisferio mental oraba para que el PP y Cs lo apoyasen, al menos con la abstención, y, poco más tarde, cuando llegaron las réplicas, se enfrentó al líder de Podemos, enfrentamiento en el que, dejando otras cosas al margen, se demostró, una vez más, que el líder de la formación morada tiene más y mejores y recursos dialécticos y retóricos que el candidato fallido, de momento, en la primera votación.
En otro orden de cosas, mientras Rivera, hablaba de un lugar de pánico donde se gestaba un Gobierno luciferino, y lo hacía pasado de revoluciones, como un coche que pide a gritos un cambio de marcha, estaba por llegar la escenificación del gran desencuentro entre Sánchez e Iglesias. ¿El líder de Cs se adelantó a los acontecimientos, siendo un visionario que se anticipa a la que va a suceder después? ¿Habrá oído hablar don Albert de sor Patrocinio? En todo caso, la pesadilla que nos transmitió tuvo que ser tremenda.
Cierto es, de otra parte, que la abstención de Podemos permite aventurar la hipótesis de que el pacto entre el PSOE y la formación morada aún es posible. De todos modos, la soledad de Sánchez sigue ahí. Para los partidos conservadores, representa todos los males a los que España estaría abocada si gobernase. Para los partidos nacionalistas, soberanistas y no soberanistas, no es un presidente que les resulte fiable a la hora de valorar que se pueden abrir negociaciones que desbloqueen la grave crisis territorial. En el mejor de los casos, lo pueden considerar un mal menor.
Casi tres meses después de las elecciones generales, cabría esperar que se llegase a la investidura con los deberes, al menos, a medio hacer. Semejante puesta en escena es la principal causa de la soledad de un presidente que necesita pactar y convencer, más allá de soltar un catálogo de buenas intenciones, algo muy distinto a un programa de Gobierno.