“Mire, Galicia, a lo único que aspiro es a que queden unos cientos de personas en el mundo que den fe de que yo no fui un bandido”. (Palabras de Manuel Azaña, pocos días antes de su muerte en Montauban).
Después de 43 años y 11 meses de su muerte, el cadáver del dictador ya no está en el Valle de los Caídos. Hay quien dice que se trata, sobre todo, de una maniobra de distracción política. Hay quien dice que no era un asunto que de verdad preocupase al conjunto de la ciudadanía. Hay quien dice lo que movió al Gobierno a semejante determinación fue el resentimiento. Hay quien dice que decisiones como ésta reabren heridas y van en contra de la reconciliación que tan buenos resultados nos trajo desde el fin de la dictadura a esta parte.
Casi 44 años, digo, en los que, con respecto a nuestra historia más reciente, son muchos los asuntos sin resolver. Por ejemplo, no se ha incidido lo suficiente en el hecho de que la mejor España, en lo intelectual, en lo científico y en lo artístico, no sólo haya sufrido ejecuciones, cárceles y exilios, sino que, para mayor baldón, la memoria de una gran parte de las personas que la formaban, aún no ha sido recuperada. ¿A eso se le puede llamar resentimiento?
Porque, en este caso, no estamos hablando sólo de una injusticia manifiesta, sino que además, con ese desconocimiento de lo mejor que hemos tenido, nos estamos perdiendo una serie de referentes que podrían sernos muy útiles en las encrucijadas y problemas que ahora mismo estamos sufriendo como sociedad y como país.
Nunca olvidaré la primera vez que leí la palabra «exilio» en un manual escolar a mis doce años. Me sonó a ‘limbo’, a algo demasiado indefinido. Cuando se lo pregunté a mi padre, me lo explicó con claridad, pero también con mucho sigilo.
Y, bien pensado, en esa especie de limbo de la desmemoria sigue estando gran parte de la obra del exilio republicano, que, en ocasiones, forma parte de nuestra mejor poesía, pongamos que Luis Cernuda. Que, en ocasiones, forma parte de grandes figuras de la filosofía, como es el caso del asturiano José Gaos. Y podría poner muchos más ejemplos al respecto.
Casi 44 años después, los restos del dictador fueron a parar a una ubicación que no es un espacio público que le rinde honores. Casi 44 años después, ahí siguen haciendo sus espectáculos quienes representan a la España más casposa y reaccionaria, y que el jueves tuvieron su protagonismo mediático.
Casi 44 años después, se puso fin a una anomalía, más bien, al símbolo que reflejaba más que ningún otro una anomalía. Pero, en ese camino de la recuperación de la memoria –que no del resentimiento y de la venganza, como dicen algunos–, queda mucho por hacer.
Ahí está Cuelgamuros, ahí está un emplazamiento del horror donde no sólo hay enterramientos de restos que fueron allí llevados, no siempre con el consentimiento de sus familias, sino que allí se encuentran también los restos de personas represaliadas que se murieron mientras se construía aquel horror para mayor gloria de quien se erigió en el salvador de España con la ayuda del Altísimo.
Y estoy seguro de que la historiografía del futuro se preguntará por qué se tardó tanto tiempo en poner fin a una anomalía, o, para ser más precisos, en poner fin a la mayor, que no la única, de todo un conjunto de anomalías de las que tendremos que seguir ocupándonos.