Treinta años transcurridos desde que cayó el Muro de Berlín. Treinta años de un acontecimiento que supuso un antes y un después en la historia contemporánea. La paradoja es que, a raíz de aquello, hubo quien habló, de forma tan efectista como errónea, de que llegaba el fin de la historia.
Nunca olvidaré el momento en el que tuve noticia de aquello a través de la televisión. Nunca olvidaré la imagen de Jesús Hermida mostrando un trozo de aquel muro, no sé si piedra o cemento. Nunca olvidaré que, en aquellos días, mis alumnos de filosofía me preguntaban cómo había sido posible que ningún pensador de aquel momento hubiese vaticinado semejante situación, pues uno de los tópicos más instalados era que las dictaduras de derechas se acababan a resultas de la corrupción, mientras que los totalitarismos de izquierdas hasta entonces habían resistido el paso del tiempo.
Toda una geografía totalitaria se venía abajo. Por aquellos lares del bloque del llamado Pacto de Varsovia, el eurocomunismo no había pasado. No había respuesta convincente por parte de quienes defendían la ortodoxia prosoviética al hecho de que estaba muy claro de qué lado del Muro había querido huir la gente.
Parecía que, con todo aquello, se caían vendas y piedras. Parecía que, con todo aquello, la carrera armamentística de las dos grandes potencias llegaba a su fin y, con ello, la Guerra Fría. Y, para mayor baldón, se ponía de manifiesto que el nivel de vida de la clase obrera no era más alto en los países del Este.
Fin del comunismo más ortodoxo, de aquella ideología que había generado héroes y mártires en casi todo el mundo a lo largo de aquel siglo XX que ya estaba tocando a su fin.
Un sistema totalitario y tiránico se derrumbaba. ¿Cómo no estremecerse ante aquello? Habíamos leído excelentes novelas hispanoamericanas que tenían a dictadores de iberoamericanos como protagonistas, desde “Tirano Banderas”, de nuestro Valle-Inclán, hasta “Yo el Supremo”, de Roa Bastos, pasando por el “El Señor Presidente”, de Miguel Ángel Asturias. Tiranos de historia y de novela, de realidad y de ficción.
Al mismo tiempo, los menos optimistas éramos conscientes de que el llamado sistema capitalista, al no tener un enemigo al que combatir que les había obligado a hacer concesiones a las reivindicaciones obreras, podía radicalizar su postura. Y, además, podía ser también un boxeador “sonado” en el ring, que no tenía un adversario al que golpear.
Tras aquella década de los ochenta, marcada en el mundo por el neoliberalismo de los dirigentes de Estados Unidos e Inglaterra, tras aquella década en la que tanto protagonismo un enemigo declarado del comunismo como Juan Pablo II, el sistema comunista pasaba a la historia.
¿Cómo no recordar la caída de tantos tiranos, por ejemplo, la del dictador rumano, que tanto recordaba a aquellas novelas a las que hice antes mención, con la diferencia de que esta vez todo se nos contaba al catódico modo? ¿Cómo no recordar aquellas imágenes, también televisivas en las que a principios de los 80 los líderes sindicales polacos se confesaban en las calles, en sus movilizaciones contra el régimen comunista?
Entre la filosofía y la literatura. Entre Spinoza y las novelas antes mencionadas. De tal guisa viví aquel momento histórico que, repito, para mayor paradoja, fue el revulsivo para que alguien se ocupase de profetizar, muy erróneamente, el fin de la historia.
Lo peor estaba por venir. No tardaríamos en comprobar que el marxismo no había calado en unos territorios en los que, pocos años más tarde, emergerían los nacionalismos más excluyentes. No tardaríamos en comprobar que el neoliberalismo, más vivo hoy que nunca, tenía como objetivo recortar derechos y avances sociales.
Vendas que se cayeron y que pusieron de manifiesto el engaño en el que había vivido una izquierda occidental que, salvo muy contadas excepciones como Orwell, no habían denunciado el totalitarismo tiránico del comunismo prosoviético.
Treinta años después de todo aquello, seguimos preguntándonos por aquella ceguera. Treinta años después de todo aquello, la izquierda más ortodoxa tiene mucha autocrítica pendiente, mientras que el neoliberalismo más avasallador está muy lejos de moderar su tsunami contra el Estado del Bienestar.
Y, sí, la libertad la queremos y la necesitamos. ¿Para qué queremos la libertad? Para sentirnos con el arropamiento que supone saberse pertenecientes a un colectivo tan sagrado como es el de la ciudadanía con dignidad, dignidad en los derechos y libertades.
¿Para qué queremos la libertad? Para dar respuesta a esto que dejó consignado Spinoza en su Proposición 36: “Las ideas inadecuadas y confusas se siguen unas de otras con la misma necesidad que las ideas adecuadas, es decir, claras y distintas”.