Pregunta kantiana, sí, pero sin grandes vuelos metafísicos en esta ocasión. Hablamos de una nueva legislatura tras un largo periodo de un Gobierno en funciones, tras sucesivas convocatorias electorales que, viendo el resultado final, no tendrían que haberse producido. Hablamos de unos inicios tremendamente crispados que no parecen fácilmente reconducibles. Hablamos de unos pactos que levantan sarpullidos y no pocas dudas. Hablamos de un presidente que cultiva en exceso el difícilmente elogiable arte de desdecirse. Hablamos de un Gobierno de coalición que no solo es algo novedoso en nuestro país desde la transición a esta parte, sino que además está formado por dos partidos cuyas relaciones no vinieron siendo precisamente aterciopeladas.
Conviene recordar, no obstante, que la crispación no es nueva en nuestra vida pública. Si nos emplazásemos en la legislatura más corta de Felipe González, entre el 96 y el 99, el debate público fue artillería pesada y los enfrentamientos entre determinados medios de comunicación llegó a tocar techo.
De todos modos, la irrupción de Vox en el Parlamento español, que, en pocos meses, mejoró notablemente sus resultados, hace que el PP y C’s se radicalicen, y que, entre estos tres partidos, se compita por oponerse a Sánchez con mayor virulencia.
Por su lado, la cuestión catalana no solo sigue deteriorando la convivencia interna en ese territorio, sino que además está llevando a los tres partidos mencionados a oponerse a cualquier atisbo de entendimiento con los partidos nacionalistas. De ello se nutre en no pequeña parte el crecimiento exponencial de Vox en los últimos meses.
¿Qué nos cabe esperar, aparte de una crispación política que está asegurada? Sería fantástico que se encontrase una salida al problema catalán, una salida que no pasase ni por una rendición que no podría llegar a darse, pues la legalidad no se puede saltar sin un amplio consenso que ni está ni se le espera, ni que tampoco fuese agrandar el conflicto, convirtiendo las calles de Cataluña en escenarios de protestas no siempre fácilmente controlables. Ese equilibrio, teóricamente ideal, va ser muy difícil de conseguir. Y, en todo caso, harían falta, por parte de los unos y los otros, generosidad, flexibilidad y realismo, algo de lo que no andamos muy sobrados.
¿Qué nos cabe esperar ante el primer Gobierno de coalición entre dos fuerzas políticas de izquierdas, al menos en sus siglas? De entrada, quiero creer que el PSOE y Unidas Podemos son conscientes del grado de frustración que se sufriría en el caso de que esta experiencia fuese una decepción para todas aquellas gentes que esperan menor desigualdad y mayores libertades, que esperan que la regeneración política sea mucho más que un eslogan o una consigna.
¿Qué nos cabe esperar de una legislatura en la que hay partidos políticos que ni siquiera consideran legítimo al Gobierno que se formará la próxima semana? ¿Qué nos cabe esperar de una legislatura que se abre con lo indoloro de su arranque y lo doloroso en su singladura? ¿Qué nos cabe esperar de una legislatura en la que los unos y los otros citan a Azaña sacándolo de contexto con frases incompletas que desvirtúan lo manifestado por el epítome del republicanismo y, por tanto, alteran su significado?
¿Qué nos cabe esperar con tantas crispaciones y dificultades aseguradas, con un innegable riesgo de fracaso y decepción, riesgo que hay que asumir?
¿Qué nos cabe esperar de una legislatura en la que gran parte de la opinión publicada no se hace eco del peso que tuvo el PNV en el desbloqueo y en la arquitectura del proyecto político que se piensa acometer?