¿Está la escuela pública en el punto de mira? Por lo visto, una de las propuestas que Vox llevaba en su programa electoral, y que ahora pretende imponer en la Comunidad de Murcia, es que las familias puedan dar o no el correspondiente consentimiento acerca de la asistencia de sus hijos a talleres o a actividades en los que pudiera inculcarse, entre otras cosas, lo que estas buenas gentes llaman despectivamente «ideología de género». O sea, que se eduque en igualdad. No nos engañemos: esto que se está planteando es muy inquietante. No nos engañemos: hay formaciones políticas que nunca vieron con buenos ojos la enseñanza pública, y todo parece indicar que estamos llegando al momento más delicado en lo que concierne a un ataque no solo a la escuela pública, sino también a los principios básicos que rigen el sistema democrático.
Hay que decirlo muy alto y muy claro: la educación en igualdad no solo es un derecho inalienable en un estado democrático, sino que es también una obligación moral irrenunciable por parte del propio estado democrático, colisione o no con determinadas ideologías.
Educación en igualdad, digo. Educación que implica, entre otras muchas cosas, respeto a la diversidad y garantía de derechos. ¿Es de recibo que, amparándose en las convicciones morales que puedan tener determinadas familias, se niegue que una mujer tenga los mismos derechos que un hombre? ¿Es de recibo que la escuela pública no pueda combatir que se margine a determinadas personas por su orientación sexual? ¿Es de recibo que la escuela pública tenga que renunciar a lo que es uno de sus principios básicos como es apostar por los valores democráticos comunes en el conjunto de la ciudadanía?
Hay quienes hablan contra el papel del estado democrático en lo que se refiere a una de sus misiones esenciales como es la formación de una ciudadanía democrática. ¿Estas buenas gentes conocen lo más mínimo de los postulados que Platón planteó en ‘La República’? ¿A estas buenas gentes les suena, aunque sea superficialmente, lo que Hegel estableció acerca de la misión del Estado en el llamado «espíritu objetivo»?
Y, por otra parte, se diría que, en el momento mismo en el que la enseñanza pública está en el punto de mira, el ataque que puede sentir el profesorado en su conjunto es, además de injusto, tremendo. Un profesorado que –perdón por la perogrullada– es plural, pero que está, como no podría ser de otra forma, mayoritariamente comprometido con los valores democráticos; y, por tanto, con la igualdad de derechos entre las mujeres y los hombres; y, por tanto, con el respeto escrupuloso a la diversidad en todos sus órdenes.
Lo digo como docente: el profesorado no se merece estos ataques. Lo digo como ciudadano: si hay algo que garantiza la existencia y la fortaleza del estado democrático, ello es la escuela pública.
Aquí no caben matices, ni medias tintas. Aquí, todo el mundo como en Fuenteovejuna.