Ya se consumó la ruptura entre el partido del señor Torra y Esquerra Republicana. El todavía presidente de la Generalitat acusa de deslealtad al partido que lidera Junqueras. Las tornas han cambiado mucho. Ahora, los republicanos están por la labor de negociar con el Gobierno central, mientras que los exconvergentes se muestran mucho más reticentes a posibles entendimientos con el Gobierno de Madrid. Se diría que el discurso de estos últimos es mucho más radical.
Torra declara que el tiempo del actual Gobierno catalán toca a su fin y que solo queda aprobar los presupuestos para adelantar las elecciones. Pero, más allá de todo esto, ambos partidos políticos no renuncian a la independencia. Junqueras dijo muy recientemente que figura en sus planes otro referéndum por la independencia, mientras que Torra y Puigdemont no parecen contemplar otro horizonte que no sea la separación de España. Ante semejantes planteamientos, no podemos dejar de preguntarnos si aquí hay algo más que un espectáculo político en el que ninguno de los dos partidos quiere dar marcha atrás para evitar ser acusado de traidor a la causa por el otro
También está por ver si los resultados de las elecciones que están a punto de convocarse darán o no una correlación de fuerzas políticas significativamente distintas a las que configuran el Parlament actual. Desde luego, parece impensable que Ciudadanos pueda repetir el éxito anterior, si bien lo esencial va a ser si tanto el independentismo como el llamado constitucionalismo van a salir más o menos reforzados de las urnas.
Todo es posible, sin descartar que, en un corto plazo de tiempo, se puedan producir acercamientos entre los partidos independentistas. Pero el busilis de todo esto es preguntarnos si el soberanismo va a ser capaz de cambiar su hoja de ruta; si va a ser capaz, no ya de renunciar al famoso referéndum, sino, al menos, de aplazarlo. Lo cierto es que –perdón por la perogrullada– el famoso ‘procés’ ya generó un importante grado de frustración en no pequeña parte de la población de Cataluña. ¿Tiene sentido volver sobre ello sin garantía alguna, no ya de que lo refrende la mayor parte de la ciudadanía catalana, sino también de que sea viable?
No hay dudas de cuál es el objetivo que persiguen los partidos soberanistas. Lo que no está nada claro es si, para llegar a ello, no hay más opción que repetir una hoja de ruta que no solo generó frustración, sino que además viene produciendo un malestar creciente en lo que a la convivencia se refiere en la propia sociedad catalana. ¿Tanto cuesta reconocer fracasos y, tras ello, buscar alternativas?