Si hacemos caso a las últimas encuestas, el independentismo en Cataluña está en auge, pues obtendría sus mejores resultados si ahora se celebrasen elecciones. Al mismo tiempo, se da otra circunstancia menos hipotética y más real, y es que ERC y JxCat están más enfrentados que nunca. La formación que lidera Junqueras se muestra más dialogante y pactista, mientras que el partido de Puigdemont y Torra es el que sostiene un discurso más radical con respecto al diálogo con el Gobierno de España.
Fíjense: hablamos de un peculiar bipartidismo en Cataluña liderado por dos partidos independentistas que, volviendo a las últimas encuestas, son los mayoritarios. Fíjense: es incontestable que una gran mayoría de la sociedad catalana quiere que llegue a celebrarse el famoso referéndum de independencia. Pero, ¡ay!, no todas las personas que depositarían su voto avalando a las referidas formaciones soberanistas darían el «sí, quiero» en ese eventual plebiscito. Esto último hace aún más laberíntica la realidad política catalana.
Hace más de un siglo, Unamuno escribió que a los catalanes les pierde la estética. Se diría que, a fuerza de venir escuchando con tanta insistencia en los últimos años la promesa de que se hará realidad el referéndum que posibilite el llamado «derecho a decidir», no se quiere renunciar a él, por mucho que eso no garantice una victoria de la independencia.
De ser esto así, el busilis estaría en el atractivo de la liturgia del plebiscito más que del deseo de independizarse de España.
Para mayor baldón, los partidos soberanistas catalanes tienen claro que la unilateridad para alcanzar sus propósitos es inviable. Así pues, en Cataluña, lo laberíntico superaría a Borges y también a Brenan.