Esta vez, Vetusta no duerme la siesta, sino que más bien padece, como el resto del país y como gran parte del planeta, la amarga consciencia de una situación jamás imaginada. Lo fantasmagórico en esta ocasión forma parte de la realidad tangible.
Días de confinamiento. Calles vacías. Clamores puertas adentro. Pantallas a todas horas encendidas. Aplausos desde los balcones y terrazas a los héroes de nuestro tiempo y de nuestras vidas, especialmente al personal sanitario. Caceroladas que ya nadie oculta y que son el clamor de la indignación, pues aún queda sitio para ella, por fortuna.
Calles tristes sin viandantes. Un Pleno en el Congreso de Diputados con la inmensa mayoría de los escaños vacíos, esta vez sin ambiente bronco. Un discurso regio lleno de lugares comunes y, como diría Silvela, sin pulso, sin empatía.
Una primavera que explota sin que podamos contemplarla como en verdad nos gustaría.
Y, en la retina, esas calles que transitamos tanto, esas cafeterías y terrazas que son los testigos mudos de lo que pensamos y sentimos.
Y esos ayes, que esta vez no vienen de la hojarasca otoñal, sino de todos aquellos espacios urbanos y humanos que necesitan de nuestra presencia.
Metáfora cruel de estos tiempos: la lección aprendida de que lo virtual no nos resulta suficiente, de que necesitamos lo tangible, en las voces, en los ecos, en las caricias, en los besos, en las miradas, en los encuentros piel a piel.
Calles vacías, casas llenas. Y, como escribió Dostoyevski, “sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos”.
Plaza del Carbayón, Teatro Campoamor, Campo de san Francisco. ¡Qué solas se quedan las calles de Vetusta! ¡Cuántos clamores puertas adentro!