Una poesía que siempre busca el mejor poema de amor, acaso ‘la canción más bonita del mundo’. Unas imágenes que tienen como destino la mayor belleza jamás contada. En nuestro caso, esas yemas en los árboles, esos esplendores que, mediante el injerto correspondiente, inciden en los milagros primaverales.
‘La mejor imagen jamás descrita’; volvemos a ese tono bruñido que en nuestro caso es un verde intenso, que se baña en el rincón más llamativo de cada manzano.
Por fin, llegó ese momento: primeros días de junio. Presto toda mi atención a esos manzanos, tres, que ya tienen sus frutos en marcha, con su belleza expresa e impresa, como tique de viaje hacia ese secuestro de la belleza.
Alguien escribió que Dios quiso poner en el mundo la belleza para que ésta reclamase ser raptada. Me confieso raptor y relator de esa belleza que por estos lares del occidente astur floreció en los últimos días de mayo.
El grosor y la textura de las hojas. El poderío de esas yemas que viajan en busca de un fruto que será también un regalo al paladar.
Esa vida interna que anidó bajo el injerto y que, al final, emerge; ese proceso en marcha de flor y fruto, ese regalo a la belleza que hace nuestro paisaje.
Un paisaje en el que hay que adentrarse, poniendo todo el interés en lo micro, que, además de dar cuenta de la belleza, de apropiársela, concede su protagonismo al instante, al momento de un proceso, a un momento ansiado entre la flor y el fruto, entre el tacto y el gusto, entre la vista y el sabor, entre placer y placer.