«Sacrificarse uno por sus pasiones, pase; pero por unas pasiones que no se tienen…¡Oh, triste siglo XIX!». (Girodet).
La paradoja está servida: el grado de crispación en nuestra vida pública es más alto que el que hubo en aquellos tiempos en los que la prima de riesgo alcanzaba cifras escandalosas; pongamos que hablo de 2011. En este presente más inmediato, las instituciones europeas apoyan mucho más a España que en 2011, pero eso no sirve para que la tensión baje.
Por otro lado, los sondeos muestran claramente que la ciudadanía desea entendimiento y pactos. Desde luego, el clima político está muy lejos de ser proclive a ello. Y a ello hay que añadir que hay quienes sugieren una tregua de al menos 6 meses para recomponer el país tras la pandemia. Pero se reacciona como si se oyese llover.
No es bueno que el grado de crispación política sea tan irrespirable como el que estamos sufriendo ahora. Pero, viendo cómo reacciona Europa, se diría que este grado de crispación interno que padecemos es en no pequeña parte una farsa, que podría dejar de representarse si los horizontes electorales se acercasen.
Es muy irresponsable no salir de la crispación, pero resulta a todas luces rechazable que esa crispación se escenifique sin tener en cuenta el sentir ciudadano, porque significa no tener en cuenta cuál es el sentido verdadero de la vida pública.
Mientras el PP Y Vox compiten a la hora de descalificar a un Gobierno que, ciertamente, no es un dechado de virtudes, la necesidad de recomponer el país se queda en un plano teórico. Aun así, la prima de riesgo no se dispara tanto como se teme.
¡Qué cosas!