El llamado ‘motor del cambio’ se convirtió en un estorbo para la institución
Hora va siendo de que se pueda debatir con serenidad de la forma de gobierno
No deja de ser contradictorio que el padre del actual monarca se haya ido a refugiar a un territorio donde la democracia no es la nota dominante, sobre todo, teniendo en cuenta que en todo momento quiso ser visto como el gran artífice que facilitó el paso de la dictadura a la democracia en España. No deja de ser llamativo el manifiesto en el que unas setenta personalidades de la política española de hace décadas defienden el reinado de Juan Carlos I, si bien no deja de ser un alegato en favor del tiempo en el que los abajo firmantes estuvieron en primera línea de la política española, o sea, también se reivindican a sí mismos.
Por otro lado, si bien existen distintas versiones sobre quién y cómo se decidió que el Rey Emérito abandonase España, lo cierto es que semejante paso da lugar a tener serias dudas acerca de la forma en que se condujo en determinados episodios, entre ellos, los que tienen que ver con los asuntos de los que se viene hablando últimamente, y me refiero tan sólo al tema económico.
Es decir, el hecho de haber abandonado el país, voluntaria o involuntariamente, llevó a la institución monárquica a un momento muy delicado, cuyas expectativas no son ni mucho menos halagüeñas.
Lo cierto es que, para empezar, tardamos mucho tiempo en saber dónde estaba el Rey Emérito, especulaciones al margen. ¿Es eso de recibo? ¿Por qué el Gobierno de Pedro Sánchez no quiso informar al respecto? ¿Por qué hemos tenido que esperar semanas para saber su lugar de residencia?
Y, por otra parte, llama mucho la atención el hecho de que, en el actual Gobierno de coalición, el PSOE siga apostando por la monarquía parlamentaria, mientras que el partido liderado por Pablo Iglesias apuesta, no sé con qué grado de compromiso, por la república.
Cierto es que en el pacto de Gobierno no hubo compromiso entre el PSOE y Unidas Podemos sobre la forma de Estado. Aun así, conviene no perder de vista que en no pequeña parte de la militancia socialista hay un espíritu republicano. Y el Partido socialista debatirá algún día acerca de la forma de gobierno, si bien todo parece indicar que tal cosa no se llevará a cabo con prontitud.
Y, en otro orden de cosas, es verdad que el Parlamento español, si incluimos al PSOE entre los partidos favorables a la monarquía, está muy lejos de facilitar unas elecciones constituyentes que pudieran plantear el cambio de modelo de estado. Y no lo es menos que en la sociedad española cada vez hay más indiferencia hacia la monarquía.
Tal y como están las cosas, resulta innegable que el Rey Emérito está haciendo que la monarquía a cuyo frente estuvo desde 1975 hasta 2014 se tambalee más que nunca.
El llamado ‘motor del cambio’ se convirtió en un estorbo no sólo para la institución a cuyo frente estuvo todos estos años, sino que además es una tremenda rémora para su hijo, que, a la hora de los hechos, lo que viene haciendo es desmarcarse de su padre, acaso porque no le queda otro remedio si pretende mantener la corona.
A propósito del Rey Emérito: el apoyo de los firmantes de un manifiesto a su favor que ya forman parte del pasado. Frente a ello, prolongados silencios, un lugar de residencia con pocas veleidades democráticas, un desprestigio creciente, y un republicanismo que llama a la puerta. Un republicanismo que necesita, eso sí, nueva política, regeneración, nada de oportunismos y también una inequívoca vocación de debate.
A propósito del Rey Emérito, hora va siendo ya de que se acabe tanto oscurantismo. Hora va siendo ya de que se pueda debatir con serenidad sobre la forma de gobierno.