La FSA fue y sigue siendo el partido hegemónico en Asturias
Si Rafael Fernández fue – mutatis mutandis- nuestro Tarradellas, Villa fue nuestro Pujol
A menudo, el columnista Enric Juliana habla de un ‘gen convergente’ que hace que, cambiando de nombre o refundándose, ese partido catalanista tenga un enorme protagonismo en su territorio, a pesar de casos de corrupción, de bandazos y de otros estropicios, con su tanto por ciento.
Y confieso que, leyendo estos planteamientos del analista político catalán, en ocasiones no puedo evitar hacer las correspondientes comparaciones con Asturias, con lo que podría llamarse ‘el gen de la FSA’.
Como bien sabemos, excepción hecha de la legislatura autonómica que lideró Sergio Marqués, a lo que podrían sumarse los escasos meses de Cascos al frente del Gobierno asturiano, lo cierto es que la FSA fue y sigue siendo el partido hegemónico en Asturias.
Por aquello del afán de precisión, digo la FSA y no el PSOE. Obviamente, se trata de la misma formación política, si bien es cierto que aquí, en nuestra tierra, ‘los hechos diferenciales’ son muy peculiares. De entrada, cuando empezó la preautonomía, al frente de ella estuvo, como en el caso de Cataluña, un dirigente político que había tenido responsabilidades de Gobierno durante la República. Es decir, tanto Tarradellas como Rafael Fernández compartieron una trayectoria republicana, frente al resto de dirigentes autonómicos que, en la mayor parte de los casos, se estrenaban institucionalmente.
Gen de la FSA. Primero, el desembarco del yerno de Belarmino Tomás, que, como su suegro, tuvo presencia en el Consejo Soberano de Asturias y León. Podría afirmarse que Rafael Fernández fue –mutatis mutandis- nuestro Tarradellas. Y, andando el tiempo, nos tocó comprobar el enorme poder político y sindical que tuvo Fernández Villa que, en este momento, está pendiente de informes médicos para ingresar o no en prisión.
Fernández Villa, además, mantuvo excelentes relaciones con la cúpula socialista en tiempos de Felipe González y de Alfonso Guerra, sin perder de vista tampoco que se entendió a la perfección con dirigentes políticos del PP, a un lado y al otro de la cordillera.
Si Rafael Fernández fue nuestro Tarradellas, Villa fue nuestro Pujol. Las comparaciones que estoy haciendo no son odiosas sino didácticas.
Y, volviendo al gen de la FSA, fíjense: se trata de una formación política que sobrevivió al caso Marea, a todo lo que se relaciona con Villa, al grandonismo de Areces, a los fracasos de Javier Fernández, anti-asturianismo incluido, a soportar que, en la mayor parte de las ocasiones, los Gobiernos de Madrid, también de signo socialista, nos ninguneasen.
¿Y qué tenemos ahora? Pues actualmente, el gen de la FSA sale a relucir con un cambio generacional que encabeza Adrián Barbón, que no parece avergonzarse, como muchos de sus antecesores, de la cultura asturiana, al tiempo que se muestra dispuesto a exigir lo que, a su entender, le corresponde a Asturias.
El gen de la FSA, que sobrevive a escándalos y a fracasos, a falta de un discurso por y para la tierra que es la nuestra. Y, en el momento presente, el cambio generacional que representa Adrián Barbón le resulta suficiente al socialismo llariego no sólo para sobrevivir en nuestra vida pública siendo el partido más votado, sino también para liderar –veremos si esto se consigue– una larga serie de cambios que, de un lado, redunden en la necesaria y ansiada modernización de nuestra tierra, y que, por otra parte, nos sitúen en el mapa, no sólo a la hora de demandar lo que aquí se necesita, sino también, llegado el caso, liderando políticas que apuesten por lo ecológico, que coadyuven a que nuestro potencial, sobre todo, en la agricultura y ganadería, se desarrolle. Sin perder de vista tampoco lo mucho que esta tierra puede ofrecer a quienes decidan disfrutar de ella mediante el teletrabajo.
En efecto, un cambio generacional puede dar mucho de sí, sobre todo, si se sabe explotar ese gen de la FSA que nos llevó a la decadencia y al bochorno, pero que también puede conducirnos, quién sabe, a salir de ésta.