Estar en Oviedo a sabiendas de que el viaje de regreso de Grandas de Salime iba a ser largo y, sobre todo, estaría cargado de emociones. Hablo de los tiempos en los que Pepe el Ferreiro acababa de ser objeto de una canallada enorme, a resultas de su cese al frente del museo que ahora lleva su nombre.
Estar en Oviedo tras aquella infamia y ponerse al frente de las distintas manifestaciones que se hicieron en su apoyo. Estar en Oviedo y sentir la satisfacción de que la ciudadanía se manifestaba contra un atropello imperdonable. Estar en Oviedo y ver a Pepe saludando a libreros y a otros ciudadanos. Estar en Oviedo y levantar la vista hacia el Ridea sabiendo que allí el saber de Pepe, sus trabajos y sus días, por así decirlo, constaban en acta.
Estar en Oviedo y tener en las manos el libro de Pepe que tuve el honor de prologar, poniendo de manifiesto, entre otras cosas, que el Museo de Grandas de Salime es nuestra catedral etnográfica, y eso se lo debemos al trabajo de años y años de nuestro ferreiro.
Estar en Oviedo y leer en EL COMERCIO un magnífico artículo de Milio’ del Nido, entre el asombro y la indignación, ante las declaraciones del alcalde de Grandas de Salime donde pone de relieve que no fue a lo largo de su vida una persona intachable.
¿No es mezquino y ruin manifestar algo así cuando la persona afectada ya no está entre nosotros para defenderse? ¿No se trata de una bajeza imperdonable? ¿Se erige don Eustaquio Revilla en un referente moral, cuando su singladura al frente del Ayuntamiento de Grandas de Salime está marcada por episodios que, al menos, dan amplios márgenes para la duda en ese sentido?
Tarde otoñal en Vetusta, alrededores del Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea), en la plaza Porlier. Sol, luz melancólica. Indignación.
Quisimos tanto a Pepe. Queremos tanto a Pepe.