“El arrepentimiento no es una virtud, o sea, no nace de la razón; el que se arrepiente de lo que ha hecho es dos veces miserable o impotente”(Spinoza).
Tras aquella declaración de independencia, inmediatamente suspendida o aplazada, parece ser que Puigdemont estaba decidido a convocar elecciones y además tenía preparado un discurso que comenzaría manifestando su deseo de ser el Presidente de todos los catalanes, también de los no independentistas. Pero, al día siguiente, se echó atrás, se proclamó la DUI en el Parlament, y, de repente, se supo que se había ido a Bélgica. Desde allí, hizo su campaña electoral, y estuvo hasta muy pocos días decidido a ser Presidente desde la distancia. Sin embargo, muy recientemente, se apartó, facilitando que el Parlament nombrase otro candidato.
Estamos hablando, pues, de un político que va de bandazo en bandazo, del que esperamos que en cualquier momento se arrepienta de su última (más bien, penúltima) decisión. De la decisión al arrepentimiento, todo ello con una solemnidad que nos deja estupefactos y que, inevitablemente, termina por provocar hilaridad.
Nunca transcurrió tan poco tiempo para que se pasase de una supuesta épica a la comedia bufa. Nunca transcurrió tan poco tiempo para que algo que empezó siendo dramático e inquietante se convirtiese en una especie de culebrón que cansa hasta dejarnos exhaustos.
Puigdemont y sus arrepentimientos. Seguro que desconoce la famosa Proposición LIV de la “Ética” que se reproduce en el encabezamiento de este artículo. Da la impresión de que la supuesta grandeza que escenifica este buen hombre se sostiene sobre un grandonismo no sólo inconsistente, sino lastimoso y, sobre todo, lastimero.
Cierto es que nadie debería estar en la cárcel por defender sus ideas, cierto es que tiene tras de sí muchos votos a pesar de sus bandazos, cierto es que no le faltan razones al criticar la actuación del Gobierno de España en el famoso referéndum del 1 de octubre.
Pero, dicho todo ello, no es de recibo considerar que la sociedad catalana se manifestó mayoritariamente a favor de la independencia, tomando como referencia un referéndum que, ni de lejos, reunía las condiciones democráticas para considerarlo válido. Tampoco se sostiene el empecinamiento que tuvo hasta hace muy poco de querer desempeñar la Presidencia de la Generalitat desde Bélgica. Y resulta, a decir verdad, ridículo que pretenda que se le rindan honores como el prohombre de Cataluña, mientras hay políticos como Junqueras que están sufriendo la prisión, algo que, desde mi punto de vista, tampoco es de recibo.
De la inquietud al hastío, de la épica a la comedia bufa. De la encrucijada dramática al culebrón. Del relato histórico con el aderezo de pueblo escogido y perseguido, al sainete. De la sensatez de una noche, al pánico a las redes sociales. De la Política con mayúsculas a la pantomima.
Puigdemont y sus arrepentimientos. El culebrón amenaza con prolongarse hasta Dios sabe cuándo, hasta Dios sabe dónde.