A poco que se conozca la historia más reciente de España, se cae en la cuenta del enorme grado de entendimiento y cordialidad que en todo momento marcó la relación entre el actual Rey emérito y el ex presidente socialista Felipe González.
A su vez, a poco que se conozca la historia de nuestro país desde finales del XIX se sabe que la Primera Restauración borbónica estuvo marcada, entre otras cosas, por un bipartidismo que fue el principal pilar de aquel régimen, cuyo principal artífice fue Cánovas del Castillo. Un bipartidismo en el que Sagasta, líder del partido en teoría menos conservador, fue aceptando cada vez más las servidumbres de aquel Estado. Y es que la comparación –mutatis mutandis– entre Sagasta y Felipe González daría mucho juego para analizar lo que pueden compartir ambas restauraciones borbónicas.
A estas alturas, acerca del padre del actual monarca, uno no puede dejar de preguntarse en qué posición están ahora todas aquellas personalidades que en su momento se declararon juancarlistas, que no monárquicos, poniendo en valor que, a su juicio, el nieto de Alfonso XIII fue el motor del cambio en España tras la muerte de Franco. Bien es verdad que difícilmente se hubiera podido mantener en la Jefatura del Estado sin dar paso a una democracia.
En unas declaraciones muy recientes, queda meridianamente claro el apoyo de Felipe González a Juan Carlos I.
En la etapa de González como presidente del Gobierno hubo un grado de corrupción asfixiante. Basta recordar casos como Roldán, Mariano Rubio, Juan Guerra, y un largo etc., ello por no hablar de un terrorismo de Estado que también tuvo sus vasos comunicantes con la corrupción.
Juan Carlos I y Felipe González: dos personajes en horas bajas que ponen de manifiesto las sombras de un periodo histórico al que llamamos Segunda Restauración borbónica.