Las romerías nos proporcionan un arsenal de recuerdos imborrables
¿Cómo no recordar el San Roque llanisco y el tinetense, de oriente a occidente?
Verano de 2020. Noches de san Juan sin fogueras que merecieran tal consideración. Silencio en la descarga de Cangas del Narcea el 16 de julio. Hasta en la guerra civil hubo descarga tan señalado día. Cielo oscuro en Gijón en la gran noche de la Semana Grande, sin fuegos artificiales. Por el medio, fiestas menores y mayores que tampoco pudieron celebrarse.
¡Qué triste resulta un verano en el que Tineo y Llanes se quedan sin celebrar las fiestas de san Roque! ¡Cuánta nostalgia nos invade por estos lares del bajo Narcea al recordar las fiestas de Cornellana con su espicha inaugural, con su día del Bollo y con su día grande! Lo mismo podría decir de la ausencia de las fiestas de san Lorenzo, en Lanio, mi pueblo. Tampoco habrá fiestas del Bollo en Salas, y así sucesivamente en toda Asturias.
Más allá de que se programen actividades, respetando escrupulosamente lo que está establecido en cuanto a distancias y aforos, más allá de algunos de estos aliviaderos, ¡qué tristeza de verano! ¡Qué verano marcado por los clamores que se desgañitan y se desesperan ante tanto silencio, ante tanta fiesta suspendida!
Bien mirado, quien más sufre es ese cielo al que clamó sin éxito el inmortal don Juan. Sufren los cielos sin voladores, sin fuegos artificiales. Sufren las plazas en las que, año tras año, se instalaron siempre las orquestas para animar el ambiente y concitar el baile a su alrededor.
Y, miren, a quienes nos gusta poco la pachanga, a quienes somos unos auténticos sosainas que casi nunca nos arrancamos a bailar ni por soleares, ni por celestiales, nos aflige –y no poco– este silencio del verano de 2020 sin fiestas.
Lo cierto es que las romerías y verbenas de los pueblos y de las villas, más allá de otras consideraciones, nos proporcionan un arsenal de recuerdos que, en su mayor parte, son imborrables.
¿Cómo no recordar ese estruendo final de la descarga de Cangas del Narcea, desafiando al cielo,
donde se expresan tantos desquites y tantos sueños que no tuvieron salida ni puesta en escena hasta ese momento?
¿Cómo no recordar el san Roque llanisco y el tinetense, de oriente a occidente? ¿Cómo no recordar el flujo de gentes que en Cornellana vienen y van del pueblo hasta el Campillo en oleadas que dan vida a las fiestas?
¿Cómo no tener presente esas noches en las que la villa de Salas se convierte en una fiesta calle a calle?
¿Cómo no añorar los espectáculos de fuegos artificiales, ese oro molido que vemos en el cielo tras las explosiones, esas figuras que buscan tocar el cielo antes de desintegrarse?
¿Cómo vamos a evitar sentir nostalgia anticipada por esas fiestas que sabemos que no llegarán a celebrarse? Pienso, por ejemplo, en las fiestas de Pravia, a primeros de septiembre, en esas largas noches en las que la plaza se llena de gente disfrutando de grandes actuaciones.
¿Cómo no añorar ese momento de fin de fiesta en el que, camino del coche, nos damos el capricho de ir comiendo unos churros que a esas horas de la madrugada nos entonan?
Clamores de un silencioso verano, no sólo sin música, también sin fuegos artificiales, también sin voladores, o sea, sin esa pólvora que puede ser oración y también desahogo.
Clamores de un silencioso verano, sin bailes, sin aglomeraciones ante un concierto o una actuación, sin feriantes, sin coches de choque, sin tiro al blanco.
En medio de tan clamoroso silencio, ¿habrá podido oír el cielo tanto lamento? Un cielo sin pólvora, sin el oro molido y serpenteante de los fuegos, sin música juguetona reverberando.
Verano de 2020 en el que se recordaron y se siguen recordando estíos anteriores. Verano de 2020, atípico, alarmante, triste e inolvidable.
Hay noches en las que busco luciérnagas al pie de los muros de los caminos. Se diría que su luz me da confianza y calidez en medio de tantas incertidumbres.