Hay que gestionar la transición energética evitando más paro y despoblación.
Esta tierra necesita y merece unas infraestructuras a la altura de los tiempos.
Sí, toca hablar de nosotros mismos, toca hablar de nuestra tierra, en la fecha en la que oficialmente se celebra el día de la comunidad autónoma. Y, a este propósito, es pertinente preguntarse una vez más si en algún momento habrá una jornada de celebración cívica al margen de la festividad religiosa. Y esa jornada de celebración cívica tendría que ser el 25 de mayo.
Sí, toca hablar de Asturias, de esta tierra que, en lo político, no acaba de salir de una dinámica de decadencia en la que nos abismamos desde hace décadas. Toca hablar de una Asturias, gobernada casi siempre por la FSA, que sigue con asignaturas pendientes en lo que se refiere a sus comunicaciones, que, tras sufrir reconversiones en la industria, en la minería y en la agricultura, el hecho cierto es que nos enfrentamos a un declive demográfico que no cesa. Y, por otro lado, un año después de haberse formado un Gobierno autonómico que supuso y supone no un cambio de partido, pero sí un relevo generacional, casi toda nuestra vida pública, como la del resto del país, orbita sobre una pandemia que nos sitúa en un escenario que se parece demasiado a una pesadilla, individual y colectiva, con la que difícilmente podía contarse. Y, lo que es peor, desconocemos hasta dónde, hasta cuándo y hasta qué extremo nos va a seguir golpeando.
Sin duda, la parálisis por la pandemia está ahí, y, a la hora de señalar responsabilidades, no sería justo cargar contra nuestro Gobierno autonómico que, con errores y aciertos, no se inhibe ni busca culpables demagógicamente.
Dicho esto, hay que pensar en Asturias más acá y más allá de la pandemia. Hay que pensar en cómo gestionar la transición energética, de modo y manera que se evite más paro y mayor despoblación. Hay que pensar en proyectos viables a la hora de intentar beneficiarnos de las ayudas europeas a resultas del empobrecimiento que nos causa el coronavirus, proyectos viables que pasen por hacer posible vivir en Asturias en lo que al empleo se refiere. Hay que pensar en planes concretos que contribuyan a que el potencial del campo asturiano se desarrolle de verdad. Hay que pensar, más allá de la llamada disciplina de partido, en que esta tierra necesita y merece tener unas infraestructuras a la altura de los tiempos, sin perder de vista tampoco la revitalización de los servicios de transporte como la FEVE, que son tan necesarios y que redundarían en beneficios de todo tipo, incluido lo ecológico.
Hay que pensar, por otro lado, en el ‘cosmo-paletismo’, que demuestra una alarmante falta de confianza en nosotros mismos. Hay que pensar también en lo importante y necesario que resultaría rescatar la memoria de lo que fue la mejor Asturias, no sólo se trataría de hacer justicia con lo mejor que hemos tenido, sino que además nos serviría de orientación para salir de un marasmo que sufrimos desde hace décadas.
Pensar Asturias, digo, más allá de un covadonguismo que, aparte de otras consideraciones, no nos sacará de la decadencia en la que estamos. Nadie niega que Covadonga es un lugar que atrapa y cautiva. Distinta cosa es enarbolar un discurso político atentatorio contra el rigor histórico, cuyo ‘bucle melancólico’ consiste en añorar los inicios de un proceso histórico que se prolongó durante varios siglos y que ubicó su mito de iniciación en nuestra tierra.
Pensar Asturias creyendo en nosotros mismos. Pensar Asturias amando cada rincón de esta tierra, bien por su belleza, bien por el pasado que atesora, bien por el potencial que conlleva.
Pensar Asturias sin grandonismo, pero también sin derrotismos. Pensar Asturias con exigencia, sin resignarnos a una decadencia que nos hundirá si no le hacemos frente.