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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Tras el el triunfalismo y la furia

A Rajoy, el debate sobre el Estado de la Nación le sirvió como pretexto para exhibir su cuarto año triunfal, es decir, un discurso que fue, más que ninguna otra cosa, un repertorio de supuestos logros que resultan –qué casualidad– coincidentes con el año electoral por excelencia. A don Pedro Sánchez le supuso su oportunidad de mostrarse digno e indignado con y contra el actual presidente.

Así pues, triunfalismo del primero. Puesta en escena ruidosa del segundo. Ninguna sorpresa, desde luego, pues ambas cosas iban en el guión. No iba a desperdiciar don Mariano la gran ocasión que se le brindaba de erigirse en el gran salvador de la crisis, en artífice máximo de una no tan evidente recuperación que nos abrirá, según él, las puertas a la prosperidad.

Por su lado, don Pedro sabía muy bien que no tocaba mostrarse blando ni comprensivo, sino irritado y acusador. Lo que sucede, al margen de la mayor o menor credibilidad que tal actitud pueda suscitar, es que ese papel no le va bien, lo que influyó en dar la impresión, me atrevería a decir que generalizada, de que se sentía incómodo en ese papel tan severo.

De todos modos, tengo para mí que, a la hora de hacer balance del debate sobre el estado de la nación, pesa mucho más lo que por ambas partes se desaprovechó.

Por parte de Rajoy, don Mariano dejó escapar una ocasión pintiparada para mostrar un mínimo de sensibilidad por las consecuencias de una crisis que sigue acarreando tantos sufrimientos. Vale aparentar ser el hombre tranquilo. Pero es muy perjudicial comparecer como un gobernante insensible. Y, en lo que respecta al señor Sánchez, además de su ruido y su furia, no tendría que haber desperdiciado la ocasión de, al menos, perfilar un proyecto de país, un proyecto claramente distinto al de su teórico antagonista político. Si hubiera que decirlo al orteguiano modo, la España real no puedo verse reflejada en ninguno de los dos discursos de los que venimos hablando. Rajoy vino a escenificar una pantomima estomagante, la de comparecer como el impecable castigador a quien no le tembló el pulso a la hora de exigir sacrificios que, llegado el momento de este debate, prometió un rácano reparto de golosinas.

Y, con respecto al señor Sánchez, hay que decir que, a día de hoy, ni él ni su partido tienen credibilidad a la hora de presentarse como adalides contra la corrupción, como los portadores de un proyecto que apueste en serio por combatir la desigualdad. Fue el Gobierno de Zapatero el primero en inaugurar las políticas de recortes, y no vale atacar esas mismas políticas si las puso en práctica otro partido. Lo dicho: sin proyecto y sin marcar claramente lo que debería ser un antes y un después en el ideario de un partido que en sus siglas se reclama de izquierdas. Y también sin mostrar la contundencia que cabría esperar ante la corrupción si ésta anida en el propio partido.

Rajoy, el salvador de la crisis. Rajoy soslayando, de forma escandalosa, los episodios de corrupción en su partido que siguen salpicando la vida pública e indignando a la sociedad. Indigerible el triunfalismo de uno. Insuficiente y poco creíble la furia del otro. Insuficiente porque hay que señalar el proyecto propio, si lo hubiere. Poco creíble por la razones que acabamos de apuntar.

La muy verosímil despedida del bipartidismo fue una ceremonia que añadió aún mayor decepción a la realmente existente.

Ya es decir.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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