Ejercieron como alcaldes –y algunos, como el de Grandas de Salime, continúan en el cargo- durante más de una década, los hay incluso que alcanzaron dos como primeros ediles de su municipio. Los hechos confirman y certifican que llegaron a creerse regidores perpetuos del concejo que gobernaban. Sin saberlo, su discurso es coincidente con el lema del cedista Gil Robles: o sea, “todo el poder para el jefe”. Emularon, desde el desconocimiento, al personaje principal de la obra “Los caciques”, de Carlos Arniches. Los “otristas”, es decir, los que se negaron a formar parte de los coros laudatorios pasaron a ser descaradamente enemigos declarados. Ebrios y hartos de poder, hicieron del abuso y del nepotismo hábito cotidiano. Toda crítica era y es, necesariamente, malintencionada. No cabe el desacuerdo. O conmigo o contra mí. Y el “contra mí” siempre tenía que obedecer a intereses bastardos, cuando no a desequilibrios mentales.
Desdichadamente, en las comarcas del occidente astur, conocemos mucho todo lo expuesto. Por eso, al leer las declaraciones del ex Alcalde pixueto, Francisco González, no hago más que reafirmarme en ello. Un tribunal considera que incumplió la ley. Pero tal cosa, al decir del ex regidor de Cudillero, sólo puede obedecer y obedece a una persecución, a un complot, esto es, la conjuración judeo-masónica a la que siempre recurría el franquismo para defenderse de las críticas.
Don Francisco González se declara, pues, víctima de una especie de linchamiento urdido por sus enemigos, no sé si son también enemigos de Dios y de la patria. En ningún caso, pudo equivocarse. Lo del incumplimiento de la ley se justifica, como mucho, por desconocimiento, pero siempre se condujo con la mejor de las intenciones. Buenas intenciones que no concibe que las puedan tener quienes estaban disconformes con su gestión. Los malos son siempre “los otristas”.
Alcaldones astures, inmarcesible e intocable autoridad del municipio, representantes máximos del territorio, al que salvaguardan y salvan, caciques máximos. Y, por otro lado, se sabían inexpugnables. El partido nada se iba a cuestionar mientras ganasen elecciones. Reyezuelos del tres al cuarto. En muchos casos, despilfarradores a espuertas, eso sí, siempre por el bien del concejo.
Por fortuna, a unos cuantos se les acabó ya su carrera política, pues, tan pronto dejaron el poder, salió a la luz la putrefacción creada durante tantos años. Pero algunos, como dije al principio, ahí siguen. En todo caso, jamás reconocerán errores., si bien, eso sí, tiene que resultar muy duro ver que ya se les adula menos por la calle, ver que no son imprescindibles, ver que estaban sustentados en sus propias falacias. Pero todo eso queda para las vivencias internas, mientras que a la ciudadanía le toca cargar con las deudas y los atropellos.
Alcaldones de Asturias que, en no poco casos, pertenecieron a un partido con siglas de izquierda, es decir, al PSOE, partido que toleró, amparó y alentó a estos personajes que se empecinaron en comportarse como adalides de los tiempos del mayor caciquismo y que tienen una enorme responsabilidad en la decadencia y en el aislamiento de muchos de los concejos del occidente asturiano.
Alcaldones de Asturias que ni siquiera fueron capaces de asumir con dignidad una victoria política con la que nunca habían soñado.