Esta columna se llama viga azul. En Lanio, mi pueblo, se habló siempre de ‘ciernu’ y de ‘ágamo’ en las vigas: de aquella parte inatacable, que gana con el tiempo y que sostiene las soberbias construcciones centenarias, frente a aquella otra que está ‘avicarada’, que sufre las embestidas de la polilla. Y, a pesar de la cercanía entre lo sano y lo apolillado, lo segundo no se apodera nunca de lo primero. Así es el Oviedo, con su gloria inexpugnable. Y el oviedismo, víctima de tantas pesadumbres y decepciones, se agarra a esa parte de la viga segura y consistente, a la gloria azul que nunca podrán arrebatarnos.
En cuanto al partido de ayer, no puedo no lamentar que haya sido una cita más con la melancolía. Un partido de quiero y no puedo. Un partido en el que, sobre todo durante la primera parte, el equipo parecía estar de resaca, acaso la resaca resultante de no haber sido derrotado en muchos encuentros, la resaca que sobrevenida para no perder las aludidas citas con la melancolía.
Fueron las imprecisiones las que dominaron el juego azul. Sin profundidad, sin romper el plúmbeo dibujo que hizo el equipo rival. Faltaron la alegría, la frescura y el descaro. Algo se mejoró en la segunda parte, pero seguimos atenazados, y hubo un cierto contagio de lo sórdido por el juego del rival y por las vacilaciones del árbitro.
De resaca, acaso por la que es la mejor racha desde que el Oviedo se hundió, con la ayuda de unos cuantos, en un pozo del que este año toca salir, pero el partido de ayer muestra que esa salida hacia la luz se hará con citas con la melancolía. A la cita de hoy hubiera acudido un oviedista legendario, Falo el de Cornellana, que alentó al equipo hasta su último suspiro. Quiero dedicar este texto a su memoria y dirigirlo a otro oviedista tan leal como su padre, a su hijo José Antonio, amigo de infancia y de languideces azules.
Un abrazo para ambos desde la melancolía del que suscribe, melancolía que compartí con mi hijo. Tres generaciones en el Tartiere, la de mi padre en nuestro recuerdo que disfrutó las glorias de la Eléctrica, la mía propia y la de mi hijo que también lleva en vena la grandeza del oviedismo, con su épica y su lírica, desconsuelos inevitables aparte.