“Mira dos veces para ver lo exacto; mira una sola vez para ver lo hermoso”. Amiel.
Domingos a la hora del vermut, domingos a la salida de misa. Tocaba ir ataviados como requería la ocasión. La fiesta empezaba a la hora de prepararse para pisar la calle. Camilo de Blas era el destino de muchas de las gentes que circulaban por los alrededores del centro de Oviedo. Se diría que, tras el aperitivo mañanero, se compraba el postre. Y la comida de mediodía era ese paréntesis, incluso ritual, entre el antes (la calle) y el después (los pasteles).
Camilo de Blas era de aquellos establecimientos con suficiente solera para que un niño se diera cuenta de que allí la tradición tenía su peso. Era también un enclave perfecto para ampliar el vocabulario de las delicias. ¿Cómo no preguntar los motivos por lo que aquel pastel se llamaba lengua de obispo? ¿Cómo no encontrar exótica la palabra pionono para designar otro pastel? ¿Cómo no percatarse de la omnipresencia eclesiástica en el mundo de los dulces, cuando se daba el caso de que las yemas de Burgos se llamaban yemas del canónigo?
Camilo de Blas era también un magnífico enclave para elegir. Cuando nos preguntaban qué pastel queríamos para el postre, se cumplía una vez más la puesta en escena del regalo, que, en aquellos casos, se agradecía que no fuese una sorpresa, pues sabíamos bien nuestras preferencias y teníamos muy claro lo que se nos antojaba en aquella ocasión.
Resultaba curioso, por otro lado, que, una vez dentro del local, tocaba ubicarse de espaldas a los pasteles que habíamos visto en el escaparate. Sin embargo, no dejábamos de notar cierta solemnidad que venía dada por el amplio, lujoso y pulcro mostrador, por la caja registradora, por la amplitud que se percibía entre el mostrador y las estanterías que estaban al fondo.
Pero los pasteles no eran sólo, aunque sí fundamentalmente, para los domingos. Pero la entrada en Camilo de Blas no era sólo semanal. Las excepciones que confirmaban la regla se hacían muy gratas. Y hablo, sobre todo, de aquellas ocasiones en que alguien nos invitaba a un pastel que comíamos allí, que no iba a parar a una bandeja, que no formaba parte de la consabida docena, medida tan clásica.
Y es que era una suerte no tener un pastel preferido, pues las delicias eran variadas, y, de algún modo, había afanes para cada momento. Clavos, carbayones, tiroleses (bautizados por mi hermana como ‘chocolatones’), dados y demás.
Pasteles no sólo de postre, sino también mañaneros y vespertinos. Y, además de eso, como ya escribí recientemente, pasteles para el viaje en tren.
El mundo comparecía conocido y próximo. Y Camilo de Blas, que tan cerca estaba de la plaza del Carbayón, era uno de las referencias más gratas de aquellos años de la niñez. Acaso por eso me sorprendió mucho encontrarme en León con un establecimiento del mismo nombre. Desconocía en aquel momento que la fundación de la casa procedía de esa ciudad, pues siempre lo había vinculado con Oviedo.
Y, a propósito de la historia de este establecimiento, no deja de ser significativo que se haya abierto en Oviedo en 1914, es decir, en el año que dio paso al siglo XX y a la modernidad, un siglo XX que en nuestra ciudad inició la andadura muy despacio, pero que pasó por aquí y terminó por instalarse.
Recuerdo que en mi niñez siempre estaban allí dos señoras que atendían el negocio y que formaban parte del día a día de la ciudad. En mi niñez y también en mi adolescencia.
Recuerdo también que la mayoría del público eran señoras y niños. Está por escribirse, dicho sea de paso, el tratado sociológico que explique la tradicionalmente escasa presencia de hombres en pastelerías y confiterías, también a día de hoy.
Y quiero dejar para el final de este recordatorio los merengues de Camilo de Blas. Piensen ustedes en una criatura que, a los ocho años, y como consecuencia de una hepatitis, a quien tocó reposar durante dos larguísimos meses. Tengan en cuenta, además, que, a resultas de aquella enfermedad, la mantequilla era un ingrediente prohibido en la alimentación.
De modo y manera que sólo me quedaron los merengues. Era de las pocas cosas que podía disfrutar y que no necesitaba soñar. No sólo eran deliciosos, sino que además había tres variedades, el merengue propiamente dicho, el de café y el de fresa. Tan deliciosos estaban que me hacían olvidar el resto de los pasteles. Y aquellas comidas tan tristes durante el reposo tenían la alegría final de los merengues, con tres opciones a elegir.
Para mí, que siempre fui llambión, uno de los sabores más inolvidables de la infancia es la mermelada de ciruela verde que hacían mis tías abuelas, con una presentación en vasos de cristal esmerada, también están las yemas de Burgos antes mencionadas y, por supuesto, los merengues de Camilo de Blas, deliciosas emulsiones, sobre todo en el momento, en que el sabor jugoso alcanza su punto álgido.
Merengues de tres sabores, el principal disfrute de la dieta de aquellos dos meses tan largos. Merengues de tres sabores, que se siguen preparando en Camilo de Blas. Merengues de tres sabores, que tienen como principal referencia este clásico establecimiento ovetense del que venimos hablando.
Y, por último, no puedo no referirme a la omnipresencia que Camilo de Blas tuvo no sólo en mi infancia, sino también en mis mejores recuerdos, porque los pasteles eran placeres compartidos, porque cada pastel que nos compraban era un momento de júbilo y gratitud, porque nos sentíamos agasajados, porque aquel decorado formaba parte de nosotros mismos, porque Camilo de Blas era y seguirá siendo una parte inolvidable de la educación sentimental de la ciudadanía ovetense.
Una pastelería con prestancia. Un pastel genuino cuyo nombre homenajea a aquel Oviedo que lleva en su memoria colectiva el desgarro de aquel carbayón que un día fue talado para disgusto de aquel momento y para recordatorio permanente.