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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

RECUERDOS DE OVIEDO: LA PALOMA EN LA CALLE ARGÜELLES

« Ciertos recuerdos son como amigos comunes: saben hacer reconciliaciones» . (Marcel Proust).

La calle Argüelles para mí empezaba en el Bar Llavona, en el que no recuerdo haber entrado nunca, del que siempre me llamó la atención aquel enorme fondo que parecía interminable. Y, a la hora de rescatar imágenes de aquellos años, siempre tengo la sensación de que a primera hora estaba ya muy concurrido. Allí nos encontrábamos cada mañana unos cuantos compañeros de clase. Era el punto de partida de la rutina nuestra de cada día. Los prolegómenos de la jornada lectiva arrancaban en el exterior del Llavona. Inicio espacial y temporal. También era el final del camino de regreso a casa tanto a mediodía como también por las tardes. Holas y adioses cotidianos.

A su lado colgaba el reloj de “La hora fija” que, si la memoria no me falla, solía ir con unos algunos minutos de retraso. (Entre paréntesis: ¿Quién sabe si mi tendencia a la impuntualidad, que nunca consigo corregir del todo, no vendrá de ahí?) No obstante, la hora de referencia era el reloj de la Escandalera. Cuando tocaban las campanadas de las  nueve menos cuarto, ya estábamos en la calle rumbo al colegio.

Por la calle Argüelles  transitaba casi de continuo un personaje muy omnipresente en el Oviedo de la época a quien llamaban Puskas, como el legendario jugador del Madrid. Formaba parte del paisaje urbano de aquel Oviedo. No tengo constancia de que figure en alguna novela local, pero merecería tener presencia literaria, ovetense y oviedista de pro el inolvidable Puskas.

Jamás olvidaré un taller al lado de  La Hora Fija en el que se reparaban relojes, atendido por un operario cuyos gestos delataban una socarronería muy de agradecer.

Ya existía la peluquería Escotet, que tenía entonces un toque de modernidad, anunciando que se cortaba el pelo a navaja. A propósito de las peluquerías de entonces, era muy corriente verlas llenas de clientes que acudían a primera hora de la mañana a afeitarse. Esa imagen ya es de otro tiempo, de un tiempo en el que las prisas no apremiaban tanto.

Después estaban La Paloma, la Confitería España, el Rialto y una papelería tan clásica que hacía esquina con la plaza de la Escandalera. ¿Cómo no recordar aquellos escaparates de la papelería en los que se exhibía, entre otras cosas, todo un instrumental de materiales de escritura, tan exóticos en muchos casos como lujosos?

En la Confitería España, lo que más comprábamos eran caramelos. La atendía un señor calvo y de bigote, una imagen muy de la época, muy propia también de lo que podía asociarse entonces al nombre del establecimiento. Pasado el tiempo, intenté en muchas ocasiones rescatar aquella voz de la que no recuerdo modulación alguna. También cabría en un relato de época.

No recuerdo haber entrado en el Rialto hasta la adolescencia.

De tan amplio número de establecimientos en tan pocos metros de calle, el mayor protagonismo en mi infancia lo tuvo la Paloma. Allí degusté las primeras patatas fritas redondas, pero que acaban de freírse. Allí bebí por primera vez un refresco servido con pajita. Allí, en compañía de mi padre, me asomé a un mundo cercano por partida doble: no sólo por la proximidad a nuestra casa en la plaza del Carbayón, sino también por el hecho de que quienes regentaban el negocio eran de Malleza. La Arquera, la localidad más próxima a Malleza junto a Mallecina, había sido el segundo destino profesional de mi padre como maestro de escuela y aquel entorno era para él muy familiar.

Así pues, en el Oviedo de mi infancia no sólo estaba presente Lanio, como ya escribí en la primera entrega de esta serie, sino también otros pueblos de nuestro concejo de Salas, como Malleza, a la que algunos denominaron la pequeña Habana por atesorar un soberbio conjunto de arquitectura indiana, huella indeleble que dejaron emigrantes de la localidad que en su día emigraron a Cuba. Y supe en su momento que la Paloma, como también El Mesón del Labrador, era un obligado punto de encuentro en Oviedo de gentes del occidente de Asturias.

 

Conservo vagamente el recuerdo de haber comido un domingo en la Paloma con mi padre, que habló con un señor que entonces era el Presidente del Oviedo, en aquella temporada en la que el equipo azul quedó tercero en la liga. Creo que fue el último campeonato en la que Paquito y Sánchez Lage pertenecieron a la plantilla oviedista. El Presidente era don José María Velasco, conocido como “Chuché”.

Bien pensado, no deja de ser un privilegio haber disfrutado de niño las delicias de un establecimiento que, para los adultos, constituía una cita obligada para el vermut. Se diría que aquellas patatas fritas de la casa y que aquellos refrescos saboreados a pequeños sorbos gracias a las pajitas eran los ingredientes de la sesión vermut de un niño que, aun sin estar en condiciones de asimilar el significado de aquella puesta en escena de adultos, descubría un mundo de sabores en un establecimiento donde la atención era, a un tiempo, familiar y esmerada.

Remembranzas donde pesan mucho más los sabores que las conversaciones. Remembranzas de una parafernalia festiva en la que me sentía en el mejor y más seguro de los mundos posibles con mi padre como principal punto de apoyo.

La Paloma, aperitivo en la infancia del vermú de la edad madura. La Paloma, una de las muchas embajadas del occidente asturiano en Oviedo.

Años más tarde, conocí a un señor de Malleza que había sido camarero en la Paloma. Era el tío de uno de mis amigos de adolescencia. Lamento no haber conversado más con él, pues se trataba de un excelente contador de historias y también una persona afable y educada.

La Paloma, tan de Oviedo y, al mismo tiempo, referencia indiscutible del fondo rural que perdura en cada asturiano, según atisbó Ortega en su visita a nuestra tierra en 1914.

La Paloma, uno de esos lugares que tanto concilió y acaso también reconcilió a muchos de sus clientes más asiduos en un ambiente en el que la elegancia y la llaneza iban de la mano.

Nunca dejo de preguntarme por el refresco del que jamás vi su envase, pues me servían  el vaso y la pajita. Recuerdo que sabía gloria, pero no logro saber qué refresco era. Dulce y reconfortante enigma.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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