Los amigos suelen abandonarnos a la hora de la desgracia; los enemigos nos siguen hasta la muerte”. (Conde de Romanones).
Recuerdo haber leído que Canalejas, hablando del conde de Romanones, llegó a decir que nada se creía de aquel hombre, que ni siquiera estaba seguro de que cojease de verdad. Desde luego, Rajoy sólo tiene en común con don José el haber nacido en Galicia. Desde luego, la señora Aguirre se parece muy poco a alguien que, además de leer libros, los escribía. No obstante, puede que no sea inadecuado comparar la mutua desconfianza entre estos dos últimos con la que hubo entre los primeros. Y, por otro lado, estoy por apostar que Gallardón en su momento podría haber dicho algo parecido sobre doña Esperanza a lo que supuestamente planteó Canalejas sobre aquel aristócrata que, a día de hoy, sigue siendo el mejor ejemplo de caciquismo en nuestra historia contemporánea.
No, doña Esperanza no se va, se queda como edil en la capital del Reino, y no cabe albergar la más mínima duda con respecto a esto que sigue: seguirá animando el cotarro de la opinión publicada con sus declaraciones. Sólo se iría si los tribunales de justicia así lo determinasen, pero nunca por voluntad propia.
Algún día, más allá de la inmediatez y de los chascarrillos, habrá que preguntarse cómo es posible que un personaje como la ex Presidenta madrileña haya llegado a tener tanto protagonismo y poder en nuestra vida pública.
¿Es que nadie recuerda sus patinazos como ministra de Educación y Cultura, patinazos que, por cierto, no la hacían abochornarse lo más mínimo? Estamos hablando de una Ministra de Educación y Cultura que mostraba en público lagunas sobre autores y obras de obligado conocimiento para cualquier persona mínimamente instruida.
Pero aquello pasó. De allí dio el salto al Senado, y, más tarde, con la ayuda de Tamayo, pasaría a ser la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Fue el suyo un Madrid de la majeza, de la España cañí, donde sólo le faltó un don Hilarión para contrarrestarla, pues, a decir verdad, el señor Gallardón no se acomodaba mucho a ese papel. ¿Se imaginan que en Madrid, mientras ella ejerció de Presidenta, hubiese un Alcalde del estilo de Gabino de Lorenzo? El guion de lo castizo y de la majeza se hubiese cumplido al completo.
Pero, volviendo al presente, mientras Rajoy se esconde inexplicablemente ante la corrupción incesante de su partido, mientras el todavía Presidente en funciones se negó a dar el paso para presentarse a la investidura argumentando su proyecto de España, si es que lo tiene, llega Esperanza y dimite como principal responsable del partido conservador en la capital. O sea, se va, pero se queda, y, con ello, descoloca aún más a Rajoy. Estamos, pues, ante una cuadratura del círculo casi completa.
Los escándalos de corrupción vienen salpicando a personas de su confianza. La Benemérita intervino en registros en el partido. Y ahí la tienen, tan fresca, tan pichi. Doña Esperanza, muy altiva, dimite. Lo acontecido parece que no fue con ella, pero, ante todo, la dignidad, oiga usted. De traca, de comedia bufa.
Aquí, nadie se cree nada. Aquí, el circo continúa. Aquí, el espectáculo va a más. Aquí, el fango de la corrupción, el lodazal de la vida pública, la mediocridad que nos corroe y nos vampiriza parecen presidirlo casi todo.
Con ella, con doña Esperanza, la política se hizo sainete. Y la función promete seguir en el cartel hasta nueva orden, si llegase.