“La corrupción del lenguaje es la corrupción de la realidad”. (Octavio Paz).
¿En qué quedamos, doña Isabel? Dice, a propósito de lo que acaba declarar doña Mercedes Fernández acerca del caos económico del PP astur hasta que ella tomó las riendas, que no estaba al tanto de las cuentas del PP durante aquellos días en los que don Gabino de Lorenzo decidió nombrarla a usted lideresa de su partido en Asturias frente a un Álvarez- Cascos que en mayo de 2011 les propinó una severa derrota electoral. Y, sin embargo, afirma, de otro lado, que en el PP astur había dinero de sobra. Dar por hecho que la situación económica del partido era excelente sin haber mirado los papeles de las cuentas nos lleva a pensar que se trataba y se trata de una cuestión de fe, que ya se sabe, mueve montañas.
Pero, vera usted, doña Isabel, si me tomo la libertad de dirigirle esta carta, no es por constatar su fe, sino por asuntos mucho más mundanos, que tienen que ver con aquellos días en los que usted estuvo al frente del PP astur, días que nunca olvidaré, entre otras cosas, porque representan una época que no formará parte de las glorias astures.
Mire, de un lado, la crisis entre ustedes, entre los conservadores llariegos, con un Gabino de Lorenzo convertido en el macho alfa del PP astur; con un Álvarez-Cascos que se enfrentaba a los políticos que él había dejado aquí como guardeses del cortijo tras la ruptura con Marqués. Y, en el otro lado del espectro político, el arecismo terminaba sus trabajos y sus días con el caso Marea, de cuyas salpicaduras se derivó también el caso Riopedre. Malos tiempos, así pues, para la lírica y para la épica, malos tiempos también para la estética.
Así pues, la etapa en la que usted irrumpió en la vida política llariega como lideresa del PP astur no formarán parte, a buen seguro, de las glorias comunes a las que Renan se refirió a la hora de definir lo que forja una nación.
Y, más allá de eso, me atrevo a participarle que, entre mis debilidades más confesables, se encuentra el interés que me despierta la oratoria de los personajes que en un momento dado emergen en la vida pública. Y, a este respecto, lamento reconocer ante usted que sus discursos, tanto en la campaña electoral, como en los meses que estuvo al frente de su grupo parlamentario en la Junta, estuvieron marcados, en el tono, por un cabreo permanente, y, en la letra, por aguachirle, el aguachirle de las simplezas y los topicazos que tanto desafinan al oírlos y tanto desazonan al leerlos.
Fue el hecho, doña Isabel, que cuando Cascos dio la espantada, su partido, en instancias distintas a las de don Gabino de Lorenzo, decidió agradecerle los servicios prestados apartándola de la primera línea política. Del Parlamentín pasó usted a la canonjía que aún disfruta en Valladolid. Y no creo que, al aceptar esa nueva responsabilidad, haya tenido que renunciar usted a grandes ofertas que se le hicieron acorde con su valía desde ámbitos profesionales que no políticos.
Y, mire, al volver a salir usted a la palestra mediática, no puedo no recordar no sólo esa retórica de la que le hablé más arriba, sino también aquellos días en los que usted se entendía tan bien con el PSOE, hasta el extremo de convencer a la FSA de que Goñi, al frente del Parlamento llariego, haría recordar a Besteiro. Aquellos días que terminaron con la espantada de Cascos y con la decisión de su partido de premiar sus esfuerzos y sus días con el cargo que ahora sigue teniendo, eso sí, en funciones.
¡Ay, doña Isabel! Me duele – no se puede usted cuánto- esta Asturias de los tristes destinos y de los grandes desatinos. Tristes destinos y grandes desatinos de los que usted, en compañía de otras muchas personas de la vida política llariega, forma parte.