“Estos desgraciados tiempos exigen concepciones nuevas, que se apoyen sobre las fuerzas humanas olvidadas y supongan de nuevo una fe en el hombre, base de la pirámide económica. Las consecuencias de la gobernación han sido siempre comprobar si los hombres y mujeres, individualmente, han de servir a un sistema de gobierno o de economía, o si un sistema de gobierno o de economía existe para servir a los hombres y mujeres” (Roosevelt).
Por favor, no se enfaden. Por favor, no se solivianten. Por favor, pregúntense acerca de esto que sigue: ¿Los atentados de los GAL existieron? ¿Hubo terrorismo de Estado en la época de Felipe González? ¿No es cierto que varias autoridades del Ministerio del Interior de gobiernos socialistas sufrieron condena en prisión a resultas de los GAL?
Sobre el discurso de Pablo Iglesias y otras descortesías. Se puede considerar que en el Debate de investidura tocaba más hablar del presente y del futuro que del pasado. Se puede argüir que Felipe González no estuvo encausado a cuenta de los GAL, por mucho que se haya hablado del señor X. Se puede, en fin, plantear que la cal viva que, según parece se utilizó con los cadáveres de los etarras Lasa y Zabala, no es imputable personalmente al ex Presidente del Gobierno. Ítem más: hasta cabría considerar que, habiendo existido los GAL, Pablo Iglesias utilizó artillería pesada en su disgusto.
Aun así, resulta innegable e incontestable que son muchos los episodios negros del felipismo tanto en materia de política antiterrorista como en lo concerniente a corrupción. Y ahí está aquel momento histórico, marcado, que diría Zola, por la vergüenza y el oprobio, en el que Felipe González compareció ante los medios tras haberse sabido que Roldán se había fugado y que el ex Gobernador del Banco de España llevaba unas horas en prisión.
Por lo que se ve, no sólo molesta la memoria de lo acontecido en el franquismo, sino que también levanta muchas ampollas que alguien tenga a bien recordar en público los episodios más negros del felipismo, de un felipismo cuya presencia duró 16 años en nuestro país.
Pero, por lo que se ve, no sólo cundió la indignación en el PSOE por las alusiones biográficas que le hizo Pablo Iglesias a González, sino que casi todo el mundo se escandalizó.
¡Ay!. ¿Hace falta recordar que el PP, con toda su impedimenta mediática, condenó el terrorismo de Estado para arrinconar y desprestigiar a Felipe González? ¿También se olvidó todo el mundo de la frase que en su momento le espetó Aznar al líder del PSOE: “¡Váyase, señor González!”?
Sobre el discurso de Pablo Iglesias y otras descortesías. Es indudable que el señor Iglesias sobreactúa de continuo, que busca el efectismo, la foto y la notoriedad, que su egocentrismo no es pequeño, y que, en más de una ocasión, incurrió ya en el marrullero arte de desdecirse. Ahora bien, lo cierto es que la existencia del terrorismo de Estado durante felipismo no se la sacó de la manga. Lo cierto es también que, tras su arremetida contra González, pone muy difícil que los barones y la baronesa del PSOE puedan ver con buenos ojos un pacto entre Sánchez y Podemos. Quite, quite.
Lo cierto es también que no anduvo nada errado Iglesias cuando señaló que el socialismo no se concibió para que sus dirigentes fuesen a parar a Consejos de Administración de grandes empresas. En eso, González no es ninguna excepción.
Sobre el discurso de Pablo Iglesias y otras descortesías. Me pareció innecesario e inoportuno, por otro lado, que arremetiese del modo que lo hizo contra Rivera y su partido. Entiendo –y hasta comparto- la vehemencia cuando se trata de combatir ideas políticas que, por decirlo al hegeliano modo, están del lado del amo frente al esclavo. Pero no hace falta llegar a analogías facilonas con los títulos de libros y películas, entre otras cosas, porque no es intelectualmente meritorio.
Sobre el discurso de Pablo Iglesias y otras descortesías. En el preámbulo de su intervención, citó a víctimas del franquismo, recordó los orígenes franquistas –innegables y constatables- del PP. Y a continuación vino su artillería pesada contra un Pedro Sánchez acorralado. Y, al final, puesta en escena izquierdista con el puño en alto.
Con Pablo Iglesias, el espectáculo está servido y asegurado. Y, como guinda (nunca mejor dicho, al ver la cara que se le quedó al ministro en funciones de Economía y competitividad), redondeó su actuación con el beso que se dio con el señor Domènech. O sea, no faltó la escena de “Épater le bourgeois” para culminar una jornada en la que se había diseñado acaparar el mayor protagonismo posible, frente a un Rajoy que aún se permite bromear, frente a un Pedro Sánchez que, salvo milagros de última hora, se quedará a las puertas de la ceremonia.
¡Ay!