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Juan Neira

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EL TRIENIO (en) BLANCO

Volvamos la vista atrás para hacer balance de legislatura, para valorar el mandato de Javier Fernández, de mayo de 2012 a mayo de 2015, antes de que empiece la campaña electoral. El líder de los socialistas asturianos se convirtió en presidente al segundo intento, tras ser superado en los comicios de 2011 por Álvarez-Cascos.
Javier Fernández tuvo una nueva oportunidad por los errores ajenos: Cascos realizó una jugada de alto riesgo, poniendo fin a la legislatura cuando estaba en sus inicios, y los asturianos frustrados por la desunión del centro-derecha dieron la victoria electoral al PSOE. Si se hiciese cien veces el experimento en todas se obtendría el mismo resultado; sólo Cascos pensaba que Foro saldría reforzado de clausurar el mandato a los seis meses. En política es muy importante distinguir entre tener razón y que los demás nos den la razón.
La secuencia política volvía al año 2010, cuando Areces anunció que lo dejaba y Fernández se ofreció como candidato. Dentro de la familia socialista la llegada de Javier Fernández al poder despertó una gran expectación. Tras pacificar al partido, llegaba el hombre del cambio que iba a corregir los errores de Areces y relanzar la acción del Gobierno. El número de ingenuos en el mundo es infinito.
DOS AVISOS
En el arranque del mandato surgieron dos conflictos que anticiparon lo que sería el trienio. Los mismos días en que se celebraba el debate de investidura se inició la huelga general de la minería frente a los planes de liquidación del sector del Gobierno de Rajoy. La huelga más larga y dura de la minería asturiana tuvo un respaldo meramente formal por parte del jefe del Ejecutivo. Un presidente nacido en Mieres, hombre de Villa, ingeniero de minas, inspector de minas, emparentado con Manuel Llaneza, fue incapaz de presionar al Gobierno de Rajoy ni de apelar a la conciencia regional para cerrar filas con los mineros. Si se desentendía así del carbón, que no haría ante otros problemas.
Segundo conflicto: huelga de la sanidad, en los primeros días de octubre del 2012. El conflicto estalló por una provocación del consejero de Sanidad que inventó la obligación de recuperar las supuestas horas de trabajo perdidas por los médicos después de estar de guardia durante 24 horas. En ninguna comunidad autónoma se planteó semejante exigencia. La huelga llegó a las Navidades sin que el presidente moviera un músculo, mientras la atención hospitalaria se degradaba. Hasta enero no tomó cartas en el asunto, alcanzándose entonces un rápido acuerdo con una propuesta que ya había planteado la gerencia del Sespa, meses antes, pero había sido desechada por sus jefes.
Con la minería y la sanidad quedó claro cuál iba a ser el estilo de gobierno de Javier Fernández: la pasividad. Ponerse de perfil ante los problemas y guardar silencio iban a constituir la tónica del mandato. Cuando el Ministerio de Fomento acumuló retraso en la construcción de las infraestructuras, el Principado no dijo nada. Más tarde, la titular del departamento, Ana Pastor, reformó los proyectos de las infraestructuras, a través de severos recortes, caso de la Variante de Pajares, limitada a un solo túnel, o el plan de vías de Gijón, donde la estación provisional va a hacer de estación intermodal. El Principado no alzó la voz.
PASIVIDAD
Las infraestructuras de titularidad autonómica, como la Zalia, quedaron empantanadas. Lo único que se hizo fue nombrar a un gerente. Las sociedades endeudadas, como Sogepsa, se limitaron a renovar créditos. Al sobredimensionado sector público asturiano se le endosaron tres leyes para reformarlo, pero al terminar la legislatura sigue intacto. El inmovilismo de Javier Fernández ha colaborado para que Asturias sea la región donde más aumentó el gasto corriente en los últimos años, obligando a subir los impuestos y aumentar la deuda a un ritmo de un millón de euros diario para poder financiar tanto gasto improductivo; la inacción de Fernández ha servido para que la inversión pública esté un 65% por debajo de hace diez años (una de las regiones donde más se hundió la inversión pública). Sobresaliente en gasto superfluo y suspenso en inversión productiva, buen lema para un presidente “progresista”.
Cuando los japoneses visitaron a Fernández para decirle que la producción de Suzuki se iba de Asturias, el presidente declaró que “era una deslocalización de libro”. Los 55 despedidos de la fábrica de armas de Trubia no tuvieron audiencia del presidente. Mejor le fue al comité de empresa de Tenneco, que fue recibido por Javier Fernández cuando ya estaba solucionado el problema. Si las cosas están mal, Fernández se vuelve invisible, como sucedió con El Musel tras la pérdida de la autopista del mar, sobre la que guardó mutismo.
Los tres años de mandato presidencial bien pudieran denominarse como el “Trienio (en) Blanco”. Como me dijo un dirigente de IU, “ni una mala palabra ni una buena acción”. El líder socialista había dicho que el empleo era la primera prioridad de su mandato, y terminamos el pasado año con un incremento del 0,1% en trabajadores ocupados, mientras el aumento en España fue del 3%. Asturias perdió un 10% del PIB durante la crisis económica, récord nacional; un proceso de decadencia que tiene a Javier Fernández de notario.

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