Los métodos para elegir candidatos electorales han sufrido un cambio profundo. Hasta el otro día, los comités ejecutivos de los partidos confeccionaban la lista electoral que luego era ratificada por los comités regionales o consejos políticos. En realidad, la lista era cosa del secretario general o del coordinador general –según fuese PSOE o IU-, y los órganos colectivos refrendaban las decisiones del jefe. En el PP la distorsión aún era -y es- mayor, ya que la propuesta teóricamente la hace la comisión electoral del partido, aunque no haya nadie que se lo crea. En el año 2010, Álvarez-Cascos estaba disponible para liderar la candidatura del PP a presidir el Principado en los comicios autonómicos de 2011, siempre y cuando se dieran unas determinadas condiciones. Rajoy le aseguró que contaba con su apoyo, pero cuando todo el mundo se disponía a comer las uvas de fin de año, la comisión electoral del PP, presidida por Arias Cañete, eligió a Pérez-Espinosa. Según el relato oficial, Arias Cañete, como presidente de la comisión electoral, fue el autor de la mayor metedura de pata de su partido en Asturias, que pasó de veinte a diez diputados, pero es de dominio común que la decisión la tomó Rajoy.
En el PP siguen con esa ficción porque nada les obliga a democratizar el sistema, pero la izquierda ha archivado sus métodos anquilosados y dirigistas para darle la voz a las bases del partido debido a la influencia de Podemos, un grupo en el que hasta las más pequeñas decisiones se toman de forma colectiva por parte de todos los inscritos en sus círculos.
Parece mucho más sensato que la elección de los representantes en las instituciones sea fruto de la voluntad de toda la organización que dejar el poder de elección en manos del jefe del partido. No tiene mucho sentido discutir sobre ello. Ahora bien, el voto de las bases no acerca a los partidos a la sociedad ni la participación de los simpatizantes en el proceso mejora la imagen de los partidos. Tras cambiar de sistema, la mayor parte de los militantes se quedan en casa y no votan en las primarias. En Podemos ocurre lo mismo, la gran mayoría de los inscritos no participa en la elección de los secretarios generales, y sin embargo, Podemos sí concita el interés popular y la ciudadanía escucha con gran interés lo que dicen sus dirigentes. La clave no está en la participación de las bases, sino en lo que ocurre en las instituciones. Tarea para otro día.