«He medido mi vida con cucharillas de café». (Thomas S. Eliot).
«Los hombres son como los dados, se lanzan en la partida de la vida». (Sartre).
Serían las diez de la mañana, de un día de abril de 1980; iba camino de la Facultad y empezó a llover torrencialmente. El aguacero fue motivo suficiente para encontrar más apropiado hacer una parada en el Dólar y tomarme allí un café en lugar de asistir a una de aquellas clases en las que no se iba a explicar nada decisivo, ni siquiera con vistas al examen final.
Me acomodé en una mesa muy cercana a la cristalera del Café Dólar. Desde allí, pude comprobar el espectáculo que provocaba el chaparrón. Una vez más, llovía copiosamente en Vetusta.
No había prisa para nada, ni siquiera para abrir aquel libro de Sartre, que llevaba conmigo y que había empezado a leer la noche anterior. Se trataba de “Los Caminos de la Libertad”, una historia protagonizada por personajes ácidos, amargos pero, sobre todo, lúcidos. Una trama que producía un regusto a tabaco negro y a cafeína, a nocturnidad. Un lenguaje que no permitía treguas al pensamiento.
Era una época en la que leía a Sartre libro a libro, coincidiendo con el momento en el que Alianza Editorial estaba publicando la práctica totalidad de la obra del pensador y literato francés que en su momento había sacado a la luz Losada. Un rescate editorial muy de agradecer.
Tiempo tuve a contemplar el chaparrón, a seguir leyendo el libro de Sartre, a divagar, a convencerme a mí mismo de que había sido una decisión acertada la de no acudir a clase. Y, sobre todo, mientras avanzaba en la lectura, me imaginaba en todo momento a Sartre escribiendo aquella historia en el Café Flore.
Desde luego, Oviedo no era París, tampoco en 1980, pero no pude dejar de preguntarme si habría en nuestra ciudad algún literato de pro que escribiese su obra en los cafés, acompañado por el tabaco y la taza, con el cenicero lleno de colillas y con una concentración en lo que le iba contando que le impediría hacer cábalas sobre el cuadro más o menos costumbrista que había a su alrededor.
Por otra parte, estaba convencido que, en el caso de que Sartre hubiese decidido vivir una temporada en Oviedo, su lugar de referencia sería el Dólar, pues, por un lado, parecía el local pintiparado para el autor de “La Náusea” y, por el otro, disfrutaría de la cercanía a los escenarios regentianos que literariamente nos inmortalizaron.
Nunca olvidaré que tomé aquel café en el Dólar pocos días antes de que falleciese el filósofo francés, que, entre otras muchas cosas, marcó una época. Tras su muerte, la figura del intelectual dejó de estar en primer plano, y la orfandad que se sufre en cuanto a referentes que analizan el momento presente es cada vez mayor.
Muy lejos estábamos entonces de saber que nos encontrábamos en las vísperas del fin de una época en el mundo occidental, precisamente en un momento en el que vivíamos la euforia de que en nuestro país resucitaban las libertades tras una de las dictaduras más largas del siglo XX.
He de confesar que fue muy grato dedicar gran parte de la mañana a la lectura del libro de Sartre, así como a las divagaciones de las que les vengo hablando.
¿Había en Oviedo escritores de café? ¿Eran muchos los que se habían permitido el lujo de leer libros de Sartre por los cafés en los últimos tiempos de la dictadura? ¿Cuáles eran en verdad las ideas políticas de Sartre, tras tantos bandazos, eso sí, siempre dentro de eso que comúnmente se vino llamando izquierda?
Pensaba en aquel Sartre que, en sus últimos años, había dedicado mucho tiempo a Flaubert. ¿Hubiera hecho lo mismo sobre Clarín, en caso de haberse acercado a nuestro escritor?
Pensaba, en fin, que Clarín tenía sus eruditos, algo que pocos años después, cuando se cumplió el primer centenario de “La Regenta”, se pudo comprobar muy fácilmente. ¿Dónde estaba, sin embargo. el gran escritor que se ocupaba de la obra de Alas de literato a literato? ¿Lo había, aunque no tuviésemos constancia de ello?
Aquel café matutino en el Dólar. ¡Con qué facilidad se podía imaginar que sobre aquella mesa vacía que tenía al lado estaban los adminículos de Sartre, el papel, la pluma, la pipa de fumar y el cenicero atiborrado! ¡Qué grato resultaba forjar aquella imagen!
Bien pensado, no fue casualidad, no pudo serlo, la fecha de la historia que estoy rememorando, vísperas de la muerte de Sartre, prolegómenos de una década en la que en este país los derechos y libertades no sólo se vivieron, sino que se cantaron, se bailaron, se escribieron, se celebraron por todo lo alto.
Era abril y llovía en Oviedo. Era un día lectivo y Sartre no necesitaba de pupitre para transmitir su mundo y sabiduría. Eran vísperas de primavera en Vetusta y en el mundo. Eran vísperas de mucho y de nada, de la nada frente al ser, del ser frente a la nada.
¿Y ella? ¿Dónde estaba? Ella, su Castor, la excepcional y admirable escritora con la que Sartre había compartido lo mejor de su vida, estaba viviendo aquellas vísperas que consignaría en su memorable libro “La ceremonia de los adioses”.
¡Qué tentador resultaba imaginarlos de paseo por Oviedo a Sartre y a Beauvoir, a Beauvoir y a Sartre! Seguro que pasarían sus horas en el Dólar.
A última hora de la mañana, volvió a llover, y aquel chaparrón me tocó soportarlo en la calle camino de casa.