Leo en EL COMERCIO que el Equipo de Gobierno municipal de Oviedo se manifiesta claramente a favor de la oficialidá del asturiano, si bien lo supedita al momento en el que se reforme el estatuto de Autonomía que modifique el estatus actual de la llingua. Esto supone, de un lado, que, excepcionalmente, los tres partidos que gobiernan la ciudad estén completamente de acuerdo en una propuesta concreta, sin que haya el más mínimo matiz. Y, por otra parte, como era de esperar, hay respuestas contrarias a esto por parte de quienes siguen avergonzándose de que sus padres o abuelos calzasen madreñas y calasen boinas.
Pero, en el caso que nos ocupa, esto es, en Oviedo, hay que empezar por el topónimo. Hay quien sostiene que “Uvieu” no existe, que nunca oyeron decir tal palabra. De entrada, no se trata de eliminar el término “Oviedo”, ni siquiera de orillarlo, sino de que ambas denominaciones coincidan y que no se excluyan.
En este sentido, tampoco hay que perder de vista que, según consta, el vocablo “Uvieu” está y aparece documentado. O sea, no es un invento de los asturianistas. Así pues, de la misma manera que conviven Gijón y Xixón, lo mismo tendría que ocurrir con Oviedo y Uvieu.
Por favor, no nos confudamos. Aquí no se trata de dejar de lado el castellano, que también es nuestra lengua, en la que hemos aprendido y estudiado, en la que sabemos expresarnos con las variedades diatópicas de rigor. Aquí de lo que se trata es de dar carta de naturaleza oficial a los topónimos asturianos, o sea, a los topónimos de nuestra tierra con los que aprendimos a nombrar ciudades, pueblos y rincones.
Sería muy deseable que esto no generase polémica. Pero mucho me temo que no va ser así. Primero, porque hay quien se opone a cualquier medida que adopte el actual Equipo de Gobierno. Y, en segundo lugar, porque se trata de un asunto que da cuenta de un problema sociológico en Asturias que consiste en que hay muchas gentes que consideran poco digno utilizar vocablos llariegos.
Insisto en un ejemplo que ya he puesto en otras ocasiones. Hay quien considera que decir “figal” en lugar de “higuera” supone menoscabo en el hablante, cuando se da la circunstancia no sólo de que se trata de un término de nuestra lengua materna, sino que además se encuentra más cerca del latín.
No se trata, pues, de un problema lingüístico, ni siquiera estrictamente político sino sociológico. Un problema que está ahí, pero que debe ser afrontado con criterios académicos y racionales.