No me canso de insistir en que esta pandemia está poniendo de manifiesto enormes carencias que nunca se quisieron ver, entre ellas, la brecha educativa. Sin negar la enorme potencialidad del mundo digital, resulta insuficiente para que el proceso educativo pueda llevarse a cabo sin las clases presenciales.
Es innegable que las desigualdades sociales y económicas hacen que no todo el alumnado pueda tener el acceso a internet que en verdad se necesita. Y ahí está el fin de curso. Desde luego, aplicar el mismo nivel de exigencia a todo el alumnado, teniendo en cuenta las desigualdades existentes, sería injusto. Tampoco resultará fácil calibrar el esfuerzo que ha hecho cada cual dentro de sus posibilidades.
Se incide en un error que venimos padeciendo desde hace mucho tiempo, que consiste en no consultar al profesorado su parecer. Y bien estaría que se reconociese el esfuerzo y el compromiso de un profesorado que, frente a las limitaciones y a las desigualdades, está volcándose en su tarea con los medios que tiene a su alcance, muy limitados.
Lo cierto es que siguen sin estar claros los criterios de evaluación que se aplicarán al final del curso. Y, para mayor baldón, ya se están adelantado propuestas para el próximo ejercicio escolar que, en algunos casos, no sólo parecen auténticos despropósitos, sino que también pueden incidir aún más en esas desigualdades.
Es hora de que la enseñanza se tome en serio. Es hora de que el conocimiento deje de estar orillado. Es hora de que se valore la Escuela pública como un instrumento contra la desigualdad. Es hora de que no se soslaye la enorme importancia que tiene la relación humana entre docentes y discentes.