
El existencialismo, aunque tuviese un antepasado danés, aunque nuestro Unamuno se hubiese adelantado al auge en Europa de esta corriente filosófica, aunque Jaspers y Heidegger no escribiesen en ese idioma, hablaba francés, también entre nosotros, y lo hablaba, sobre todo, musicalmente, gracias, entre otras voces y otros ecos, a Juliette Gréco.
Literatura existencialista entre nosotros: Bousoño haciendo de la angustia su casa, Blas de Otero, entre desgarro y desgarro, Buero Vallejo, poniendo la angustia existencial entre ceguera y ceguera. Calles de Oviedo que recorríamos con ‘El Ser y la Nada’ y ‘La Náusea’, de Sartre, con ‘El Extranjero’, de Camus, con ‘La Mujer rota’ y ‘El segundo sexo’, de Beauvoir.
Noches vetustenses en las que, antes de entrar en los locales, llevábamos en nuestro cerebro acordes de canciones de Juliette Gréco, que, sobre todo, contribuían a acelerar nuestros afanes de vaciar toda aquella angustia buscando desesperadamente desquites que en todos nosotros clamaban. ¿Cómo no recordar, de paso, canciones de Brel, de Brassens y de Mustaki? En efecto, la filosofía y la música, para muchos de nosotros, hablaban francés.
¿Cómo no recordar, por ejemplo, hablando de Brel, esa inmortal canción suya en la que se habla de ‘perlas de lluvia llegadas del país donde no llueve’? ¿Cómo no recordar el descreimiento entrañable de Brassens? ¿Cómo no recordar, en fin, esa utopía de Mustaki que supone ‘Le Métèque’?
Y, en el caso de Juliette Gréco, resulta imposible no tener presente cómo nos conmovía su canción ‘Parler-moi d’ amour’. Por eso, antes de entrar a cualquier pub del Oviedo antiguo en el que tanto soñamos, el runrún que llevábamos dentro hablaba francés, la angustia de existencial estaba en los libros.
Y en nosotros.