
No estamos hablando de las cenizas de un viejo esplendor que apenas conocieron los más viejos del lugar, tampoco lo estamos haciendo de un enclave lejano de muy difícil acceso. No, de lo que se trata en este caso es de la fábrica de loza de San Claudio, cerrada en 2009, cuyo estado es lamentable y desolador.
La foto que publica EL COMERCIO que acompaña a la noticia que firma Rosalía Agudín, además de plasmar esa ruina, pone ante nosotros miles de objetos llamados a formar parte de unas vajillas que fueron nuestro orgullo estético durante muchas décadas, pues se trata, nada menos que de 108 años de actividad.
Uno no puede dejar de preguntarse si no hay un solo empresario en esta tierra que se haya podido hacer cargo de ella. Uno se pregunta también si no hay ni una sola propuesta en una iniciativa cooperativista con el fin de ponerla en marcha.
Seguramente, no hubieran faltado ayudas al respecto. Pero visto está que ‘el emprendimiento’ es cosa de otros.
Tejados que se vinieron abajo, inundaciones en sus naves, deplorable estado de cosas. Me gustaría que el equipo de gobierno hiciese algo más que lamentar la situación. Bueno sería que fueran escuchados los vecinos que denuncian lo que está aconteciendo. No, no puede ser imposible revertir la situación, al tiempo que tampoco estaría de más recordar la irresponsabilidad de quien cerró la fábrica, a pesar, seguramente, de haber recibido subvenciones.
Más que palabras, hechos. Más que retórica, puesta en práctica de planteamientos en los que casi todos podemos estar de acuerdo.
Y, por favor, un respeto, también institucional, para una fábrica que forma parte de algo que nos llenó de orgullo en un pasado no muy lejano.
¡Ay, aquellas vajillas que aún conservamos en muchas casas!