
Sí, seguimos con la Fábrica de Gas. Si en el artículo anterior recordé el momento histórico, coincidente con la modernidad, en el que se puso en marcha no sólo un proyecto industrial, sino también una apuesta estética, ahora, a renglón seguido, se hace necesario hablar de su ubicación.
Fíjense: justamente frente a la vieja muralla. Un proyecto de ciudad abierta, el que protagoniza esa fábrica a la que tenemos que salvar de la piqueta.
Sí, un proyecto de ciudad abierta encaramado muy cerca de una muralla concebida para defender la ciudad, para evitar invasiones, para delimitar bien un contorno y un entorno de una población antigua que se fue desarrollando lentamente.
Lagunas históricas tenemos a la hora de concretar toda la singladura de la heroica ciudad. Pero, en todo caso, tiene un enorme atractivo estético el hecho de que se haya decidido ubicar en el mismo emplazamiento que la muralla para la
Fábrica de Gas el cierre y la apertura de la misma ciudad.
Ciudad abierta, sociedad abierta, que diría Karl Popper, frente a esa tendencia a cerrar el acceso a gentes forasteras. Ciudad abierta que se defiende haciendo entrar en ella la modernidad, gas, luz, ferrocarril, impulso económico y vital de un colectivo decisivo en el progreso de Asturias. El colectivo al que me refiero son los indianos, con sus alcantarillados, con sus escuelas, con sus carreteras, con sus guiños cosmopolitas. Frente a ello, la vieja muralla, inexpugnables las piedras, a pesar del moho y la maleza. Frente a ello, una ciudad que, en la época histórica en la que vino al mundo, no podía ser ni alegre ni menos aún confiada.
Sea como sea, lo que toca es impedir que la piqueta actúe, que no haya más estropicios estéticos que, de producirse, estaremos lamentando décadas después. El recordatorio de los destrozos de la piqueta está en la memoria colectiva de nuestra heroica ciudad.