Desde hace ya tiempo muchos padres tienden a llevar a su hijo al psicólogo en cuanto ven que le falta atención, que no obedece las órdenes, que tiende a salirse con la suya o que no para quieto. Si el psicólogo que les recibe es partidario de practicar el amor y la compresión frente a la disciplina, como es el caso de muchos profesionales de la psicología hoy día, el resultado de su intervención lejos de ser satisfactorio es contraproducente, no ayuda a los padres a resolver el problema y puede ser nefasto. Hoy día asistimos a una psicologización de la pedagogía o intervención educativa. La psicología está para tratar los trastornos de conducta y cuidar que el desequilibrio mental y conductual se reduzcan mediante una buena intervención que no se haya hecho en la familia y en la escuela. Los padres por supuesto deben amar mediante atención, caricias, protección, cuidado y refuerzo de sus conductas positivas, entre otras acciones. Pero, a mi juicio, una intervención de mimo y excesiva permisividad en cosas esenciales es un gran error y lo es que un profesional de la psicología anteponga el amor y la comprensión a la disciplina como si disciplinar a un hijo o a un alumno no fuese en si ya un acto de amor pues le evitará problemas de salud mental y otros perjuicios en el futuro. Y lo es porque la excesiva permisividad, falta de firmeza y la no fijación y respeto de límites específicos suele terminar en trastornos mentales, fragilidad emocional, ansiedad y tiranía del menor. Por lo tanto el amor incluye la firmeza, cuando lo exige el guión educativo.
Los padres deben acostumbrarse a mirar a los ojos a sus hijos cuando dan una orden, a conseguir que la cumplan de inmediato para que no sufran consecuencias negativas, en proporción a la desobediencia. Deben acostumbrar a sus hijos a que permanezcan sentados a la mesa en casa o restaurante o en la zapatería, a impedir que suban a los tresillos mientras los padres eligen un modelo, por ejemplo. A que estén callados cuando tienen que estarlo. A que no hagan lo que les venga en gana ni se salgan fácilmente con la suya. Si eso se practicase con firmeza no habría tanto niño inatento y tanto hiperactivo como existe. Si la disciplina se aplicase con firmeza no haría falta tanta consulta con el psicólogo ni tanta medicación como se practica, aunque algunos estarán en completo desacuerdo.