Son varias la causas o razones de por qué la gente está sobrepasada por la ansiedad, la tensión vital, el estrés o la depresión y aunque no me voy a ocupar ahora de todas ellas me permito la licencia de acentuar una de las principales del momento por el que la sociedad está atravesando.
Muchos de los que no se aguantan a si mismos ni aguantan a los que les rodean y les tratan es la sensación de que vivimos en un ambiente de desafecto, de que no se puede uno fiar de los demás, de que cada cual va a lo suyo y que cada cual se las arregle como pueda, de que el amor ha quedado relegado y no es moneda de curso legal. Un ambiente algo hostil que permea las relaciones a todos los niveles, incluidas las familiares y emocionales. Un ambiente de tensión que hace que tengamos que cuidar lo que decimos y cómo lo decimos. Un ambiente de polarización que hace que no podamos diferir sin tirarnos al cuello.
Este ambiente social y emocional es el mejor caldo de cultivo para el enfrentamiento, los conflictos, el malestar personal que resta no solo salud sino tranquilidad, sosiego y calma necesaria, cuando más se necesitan.
Por eso, aunque suene romántico en este ambiente osco lo mejor es facilitar las relaciones, expresando afabilidad, comprensión, escucha, usando las caricias psicológicas del tipo de por favor, gracias, abrazos, elogios, y teniendo tolerancia hacia quienes piensan de otro modo, expresando interés por el otro aunque solo sea como mínima señal de cortesía. Todo ello contribuirá a reblandecer las actitudes hostiles y agresivas, de rabia, de rencor, de odio, de venganza o de despecho que todos sabemos donde y cómo terminan. Está en juego la salud mental y la paz interior pero también social, entre otras muchas cosas.
Y eso está en la mano de todos, unos más y otros menos según su grado de poder y de influencia social.
Y un buen momento es comenzar a practicarlo este año difícil que, como dirían los argentinos, “recién acaba de empezar”.