Cada vez que reflexiono sobre cómo estamos ahora y cómo estaban, sin ir más lejos, nuestros antepasados, aunque no nos remontemos siglos, tanto más comprendo las enormes dificultades, adversidades y contratiempos que ellos afrontaron, su mérito y cómo nuestra situación en comparación con la suya, es de ensueño, no merecedora de tanta queja como acude a nuestra mente y nuestra boca, aunque ahora nuestros hijos son más frágiles que otrora.
Baste mirar nuestra asistencia sanitaria, la facilidad como se curan enfermedades en otro tiempo insuperables, la accesibilidad a medicamentos y hospitales, la abundancia tenemos de bienes y servicios, así como de herramientas y tecnología casi mágicas, qué fácil es comunicarnos con personas aunque estén en otro continente, qué ropas y vestidos usamos, de qué medios disponemos para nuestro entretenimiento, cuan fácil es acceder a medios que nuestros antepasados ni siquiera pudieron imaginar, qué acceso tan fácil y extendido tenemos al conocimiento y formación, cómo podemos transportarnos de un sitio para otro y acceder a cualquier libro sin necesidad de tener que ir a una biblioteca y disponer de medios y servicios que en otros tiempos hubiesen llevado días o semanas y no sigo porque la lista sería casi interminable.
De todo esto disfrutamos y era inaccesible a los antepasados, tanto más cuanto más alejados estaban del momento actual, por muchos peros que pongamos a nuestra actualidad.
No nos vendría nada mal comparar nuestra situación y tomar conciencia de lo cómodo que es para nosotros la vida que tenemos, aunque el dolor y sufrimiento no haya desaparecido ni desaparecerá.
Como nuestra tendencia natural es a quejarnos, sucumbimos fácilmente a centrar nuestra atención sobre nosotros y nuestro ombligo en lugar de ver la vida más allá de nosotros y nuestro momento y ganar perspectiva, lo que ayudaría a disfrutar más de la vida. Nos quejamos de vicio. Oyéndonos hablar parece que este tiempo es más duro y difícil que el pasado y que cualquier tiempo pasado fue mejor. Que le pregunten, si ello fuese posible, a nuestros abuelos o bisabuelos por no decir a los habitantes de la Edad Media y mucho más a los que habitaban en las cuevas. Esos sí que tenían mérito al superarse en sus realmente muy adversas condiciones y circunstancias.