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Recuperar
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:28| 0

Analizaba en mis anteriores artículos el desplome demográfico de nuestra comarca y decía que la única solución pasaba por mantener, recobrar y atraer. Exponía que no era necesario convencer a los que estamos para que nos quedemos, basta con que la Administración deje de fastidiarnos para que nos marchemos. Pero un simple vistazo a la pirámide de edades de la población y un sencillo cálculo aritmético nos demuestra que eso no será suficiente. Sin otras medidas, en una década y por simple (de)crecimiento vegetativo habremos quedado en la mitad y en dos décadas habremos desaparecido. Mantener no basta y es imprescindible abrir las otras dos vías.
Intentar recobrar parte de lo que se fue debería ser el primer paso, porque la motivación está ya ahí. Somos y hemos sido siempre tierra de emigrantes. Pero cada uno de ellos, sereno en Madrid, dependiente en La Habana, obrero en Frankfurt o ingeniero en Massachusetts, han conservado en el fondo de su corazón sus raíces y la idea del retorno. Algunos de los jóvenes que terminan su formación y se buscan la vida fuera llevan dentro de sí una idea, un proyecto, que podrían y desearían desarrollar aquí si se les animara y ayudara. Es por ahí por donde hay que empezar, hay que recoger esas semillas de futuro, mimarlas, protegerlas y empujarlas para que puedan crecer en una tierra empresarial tan árida como es la nuestra actualmente. Porque, si permitimos que, como hasta ahora, la mayoría de esas iniciativas se pierdan o tengan que ir a florecer a otro lado, no habrá esperanza.
Vivimos en un pequeño paraíso. Un lugar donde, en poco tiempo, uno puede pasar del bullicio de bares y terrazas a la paz del bosque, sin más ruidos que el rumor de tus pasos y el susurro del viento en las hojas y sin más voces que las de los pájaros, un lugar donde los niños pueden tener libertad para explorar sin peligro, un lugar donde los mayores son personas y no obstáculos urbanos. No lo perdamos.

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Conservación
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:27| 0

Hablaba la semana pasada de la hemorragia demográfica que ha ido drenando la vida de nuestra comarca hasta llevarla cerca de la desaparición​. Las cifras no pueden ser más claras ni más preocupantes. Tanto, que muchos se preguntarán si existe solución viable a estas alturas, pero, para responder a esa cuestión, hace falta antes contestar a otra: ¿Existe voluntad firme de enfrentar el problema? Porque la situación es crítica y no se arreglará con palabras cálidas y medidas tibias. Ahora mismo, el paisano cantábrico corre más peligro de extinción en la zona que el oso cantábrico. Pero eso también abre una puerta a la esperanza. Lo que se hizo con unos se puede hacer con los otros (descartando, claro, medidas poco constitucionales como la eugenesia o la cría en cautividad).
Los pasos son claros: conservar lo que hay, recuperar lo que perdimos e introducir savia nueva. Para ello, antes que nada, hay que conseguir que esas personas quieran vivir aquí, pero también, que puedan hacerlo. En realidad, los actuales habitantes ya queremos quedarnos, no necesitan convencernos, basta con que dejen de intentar desalentarnos para que nos vayamos. Porque, de momento y a nivel legislativo, por cada abrazo que recibimos nos caen nueve patadas. Si esta proporción no cambia, no habrá nada que hacer. La conservación de los escasos humanos que quedan en esta comarca debe tener un nivel de prioridad igual al menos a la de los animales, plantas o yacimientos arqueológicos. Todos somos igualmente importantes y todos estamos igualmente amenazados por la implacable presión del mundo exterior.
Cuando la Administración deje de tocar las narices (arraigado hábito, difícil de erradicar), podremos hablar, por ejemplo, de hacer que la gente se sienta cómoda aquí. Y, para ello, habrán de contar con unas comunicaciones y unos servicios suficientes. No pretendemos tener una escuela para cada crío y una autopista para cada pueblo, pero no podemos resignarnos a vivir en condiciones tercermundistas. No siempre podremos tener lo que es deseable, pero nunca debemos dejar de exigir lo que es justo.

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Desierto
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:26| 0

Aunque los números han sido empleados con frecuencia para contar mentiras, cuando los datos son objetivos y no manipulados por algún interés espurio, son una poderosa herramienta para analizar la realidad. Varias veces he compartido con ustedes mi preocupación por el progresivo despoblamiento que sufre nuestra comarca suroccidental. Pero ahora tengo en mis manos un reflejo de ello en cifras, datos actuales de Allande, mi tierra natal,que sus elaboradores han compartido conmigo y verlo así, negro (muy negro) sobre blanco, impresiona. El número de personas que vive realmente en el concejo apenas pasa de las mil cuatrocientas, menos de la mitad de las que había hace un cuarto de siglo. Esto supone una densidad de poco más de cuatro habitantes por kilómetro cuadrado. Para que se hagan una idea, la densidad del Desierto de los Monegros pasa de los siete.
Los datos caen como losas sobre cualquier conato de optimismo: dos docenas de pueblos vacíos, otra docena con una o dos personas, en toda mi parroquia hay menos gente ahora que la que había sólo en mi pueblo cuando yo era un crío (y hablamos de la parte más poblada y mejor comunicada). Añadamos a esto la pirámide de edades, con casi un tercio de mayores de ochenta años y un colegio semivacío; consideremos el número de personas que trabajan fuera de la Administración Pública y el panorama futuro no puede ser más desalentador. Aquel discurso político sobre combatir el despoblamiento (muchas palabras, pocos hechos) ya ha quedado atrás, hemos entrado en caída libre poblacional y estamos en vías de extinción.
Agradezco el esfuerzo a las personas que han llevado a cabo desinteresadamente este completo estudio. Buenos datos y no buenas palabras es lo que nos hará falta si queremos hacer algo; no será suficiente, pero es un principio. Porque, antes de nada, tenemos que ser conscientes nosotros mismos de la gravedad de la situación y de la urgencia de aplicar soluciones. Después tendremos que exigirlas y colaborar en ellas, pero eso tendrá que quedar para otro artículo.

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Sin cambios
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:25| 0

Recuerdo aquellos días de vino y rosas cuando Aznar, con sus pies sobre la mesita de Bush, nos aseguraba que los mercados eran nuestros ángeles guardianes y, si se les dejábamos actuar libremente, nos harían ricos y felices a todos. Sólo se equivocó en lo de “todos”, a él y a algunos más sí que los hicieron. Recuerdo también los días de resaca y espinos que siguieron a aquella borrachera colectiva y recuerdo a Zapatero contándonos que los mercados eran demonios que devastaban nuestro país y que eran ellos y no lo mucho que habíamos bebido los culpables de nuestros dolores de cabeza.
Pero lo grave no es que ellos lo dijeran, es que nos lo creímos y, aun peor, que sigamos creyendo las milongas que nos cuentan. Y es que los españoles, enfrentados a un problema colectivo, tendemos más a buscar culpables y recetas mágicas que a asumir responsabilidades. Preferimos echar la culpa al gato y esperar que papá lo arregle. Por eso llevan tantos años engañándonos. Cuando se han pasado expoliando y la cosa va mal, aparece un salvador con un remedio sencillísimo y que no requiere ningún esfuerzo. Lo compramos, no funciona, sale otro mejor, lo compramos, sigue sin funcionar, nos ponemos enfurruñados y entonces sacan algún cabeza de turco para que nos desahogemos lanzándole piedras. Mientras tanto, o bien la cosa se ha arreglado sola, o bien ya no tiene remedio y nos hemos acostumbrado a vivir así. El caso es que los verdaderos culpables se van de rositas y pueden seguir viviendo a nuestra costa.
Nadie nos dirá que nuestros problemas son culpa nuestra y que su solución depende exclusivamente de nosotros. Nadie lo dirá porque eso no da votos y nadie quiere oírlo porque es más fácil creer en panaceas universales y en enemigos imaginarios. Es duro ponerse manos a la obra, asumir responsabilidades y empezar por cambiar nuestra propia actitud para poder cambiar la sociedad. Pero ese es el único camino y, cuanto más tardemos en tomarlo, más duro será.

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Patas arriba
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Antonio Ochoa | 16-04-2017 | 09:23| 0

Tengo la sensación de que el famoso cambio que prometió Felipe González allá por el 82 está llegando ahora, después de tanto esperarlo. Este país ya (como decía el Sr Guerra) “no lo conoce ni la madre que lo parió” y no me refiero sólo a los millones de desempleos que se han creado desde entonces. Es que todo está patas arriba. Hasta los meteorólogos (gente seria) parecen haber colocado las nubes y los soles al revés en el mapa del tiempo, que ves esas imágenes de nieve en las carreteras de allá abajo​ y de gente de aquí en la playa en marzo y tienes que frotarte lo ojos.
Y es que, ¡cómo ha cambiado el Levante! Tantos años haciendo manifestaciones en demanda de trasvases de agua y siendo un bastión del PP y, de repente, los cielos se abren diluvio tras diluvio y riadas de agua y lodo se llevan por delante décadas de sequía, coches, puentes y chamizos. Y, por si esto fuera poco, el subsuelo político se abre también escándalo tras escándalo y riadas de desvergüenza y corrupción se llevan por delante décadas de mayorías, presidencias, alcaldías y chiringuitos. No es de extrañar que, con la que está cayendo, las empresas que aspiran a trabajar para la Administración ya no regalen trajes; ahora regalan chubasqueros.
¡Qué diferencia con nuestra Asturias! Aquí asistimos impasibles y resignados a nuestra decadencia. Preferimos marchitarnos y desparecer antes que arriesgarnos a cambiar. Nosotros, “antiguos revolucionarios”, somos ahora el más firme sostén de la vieja España del pelotazo y el “tuya-mía”. Aquí los cielos se cierran y las cloacas se tapan. Apenas unas pocas lloviznas esporádicas alivian la sed de un suelo cada vez más necesitado de agua y unos pocos procesos judiciales menores alivian la sed de una ciudadanía cada vez más necesitada de justicia. Dejamos, incluso, que las alas de nuestra región se atrofien como las de las gallinas y es lógico. ¿Para que las queremos si ya no nos queda valor para intentar levantar el vuelo?

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Lágrimas en el vino
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:19| 0

Hace unos días la Denominación de Origen Vino de Cangas se vestía de luto por el inesperado fallecimiento del que hasta hace poco fuera su Presidente, José Manuel Redondo. Siendo, como era, una persona entrañable, muchos que le querían y habían colaborado con él se me han adelantado a glosar su figura y sus logros. Quiero aportar, sin embargo, mi pequeño granito de uva, centrándome en lo que fue una de las pasiones de su vida, el vino de Cangas, y en esa eterna pelea entre la memoria y el olvido, quiero romper mi lanza la primera.
Porque a muchos les costará recordar o imaginar cuál era la situación del sector vinícola cangués hace dos décadas. No diré que nuestro vino entonces fuese “peleón”, pero hay que reconocer que era “combativo” y sólo los paladares más acostumbrados podían soportar sus acometidas. Los métodos de cultivo y elaboración estaban totalmente obsoletos y la superficie de viñedos que quedaba era poco más que testimonial. A todo esto hubieron de enfrentarse José Manuel Redondo y sus compañeros sin otras armas que el entusiasmo, el conocimiento y la profesionalidad. Una tarea hercúlea, muchas veces ingrata, que no hubieran podido llevar a cabo sin un enorme amor por la viña y el vino de Cangas heredado de sus ancestros.
Cuando paladeamos ahora nuestros caldos disfrutando de la calidad que han alcanzado o un premio concedido a alguno de ellos nos permite apreciar el prestigio que han conseguido en todo el mundo, no podemos sino asombrarnos de la magnitud del logro y sentir admiración por aquellos que nos han llevado hasta aquí. Los seres humanos terminamos nuestro viaje siempre demasiado rápido, pero, si nuestro paso es firme, las huellas que dejamos detrás permanecen largo tiempo. José Manuel Redondo dejó una profunda huella en los que le conocían y en la DO Vino de Cangas y, de todos los homenajes que sin duda se le harán, el de mantener viva su obra será el que más contribuya a que su memoria perdure.

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Libros
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:17| 0

Mientras leía hace poco las noticias locales en El Comercio, una foto captó poderosamente mi atención. Varios empleados y voluntarios colocaban libros procedentes de una donación en la biblioteca de Corias. El lugar y la actividad me retrotrayeron de inmediato casi medio siglo atrás. Yo, lector voraz a mis diez años, entraba en aquella inmensa sala por primera vez y quedaba extasiado ante tanta abundancia. Porque, aunque en mi casa todos éramos aficionados a la lectura y, diseminados por los lugares más inverosímiles, había novelas, comics, revistas y todo tipo de material impreso, nunca había podido imaginar siquiera que pudiera existir un lugar con tantos libros juntos, hilera tras hilera, estante sobre estante, la promesa de un festín de lectura interminable, casi infinito.
Allí pasé algunos de los mejores ratos de mi adolescencia, ajeno a cuanto me rodeaba mientras mi imaginación recorría vastos desiertos y espesas junglas. Allí, aconsejado por profesores y compañeros o inducido por mi propia curiosidad, exploré los más diversos géneros, temas y autores. La selección disponible de unos y otros era incompleta y expurgada, pero nunca dejé de aprender algo con cada libro, aunque sólo fuese a desarrollar mi sentido crítico. Alguna vez, incluso, trepé al pasillo superior cerrado a investigar lo que llamábamos “la zona prohibida” y que, en realidad, contenía libros antiguos, muchos en latín, cuya integridad peligraría en nuestras ávidas manos infantiles.
Cuando visité el parador al poco tiempo de terminar la reforma, me dolió ver los estantes vacíos como tumbas expoliadas y saber que les han devuelto su alma, su razón de ser, me reconforta. En estos tiempos en que nos bombardean y manipulan con imágenes y sonidos, un espacio tranquilo donde leer y pensar es imprescindible. Nosotros, lectores, debemos defender estos reductos de reflexión y calma frente a la invasión de lo inmediato y efímero. Debemos hacer proselitismo del sano vicio de leer, ser “vendedores” de libros, aunque sean electrónicos. Porque un mundo de bibliotecas vacías será un mundo de cabezas vacías y un bien triste lugar para vivir.

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Picar y rascar
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:16| 0

Recuerdo que, cuando algún visitante se mostraba renuente a echar un pinchito alegando falta de hambre, mi tía siempre los animaba con aquello de: “Picar y rascar es todo empezar”. Ahora, cada vez que repaso lo sucedido en Asturias en las últimas décadas no se me va de la cabeza ese refrán. Porque es muy posible que el desvergonzado comedero en que se convirtieron los dineros públicos empezase siendo un picoteo tímido, bocadito aquí, bocadito allá. Pero acabó siendo un banquete por todo lo alto con cientos de invitados y millones de euros de deuda. Sobrecostes disparatados; obras faraónicas sin sentido de la medida ni de la estética; pajares de bloque de hormigón llenos de corchos con fotos, pomposamente llamados “centros de interpretación” y más caros que una mansión de lujo; riegos asfálticos cobrados a precio de pavimento de mármol y muros medidos en pulgadas y facturados como metros salpican nuestra geografía y nuestra historia.
Rasques donde rasques, aparece algún asunto turbio. Sin embargo, parece que nos resistimos a poner las uñas a trabajar. Apenas hemos arañado un poquito la superficie con contratos de agua o de material escolar y dos o tres obras dudosas; “peccata minuta” comparado con lo que falta. Durante años las arcas públicas han servido de bufet libre para unos pocos. ¿Y ahora que pretenden que paguemos la factura entre todos, vamos a agachar la cabeza y callarnos? ¿Pero cómo van a pagar a escote el jubilado que lo único que comió fue un pincho de tortilla en un monte durante la excursión del Día de Tu Presidente Te Ama y el organizador del viaje que se compró un cochazo y un chalet en la playa con los beneficios? Estamos siendo demasiado educados, demasiado modositos, y dejamos que nos tomen el pelo. Tenemos que olvidarnos de los modales, sacar las uñas y rascar a fondo toda esa podredumbre que hay debajo. Sin eso, nunca conseguiremos eliminar la comezón que nos corroe y acabará infectando el poco tejido sano que nos queda. ¡Rasquemos!

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Apolillados
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:14| 0

Por más gaitas que suenen en la TPA y monteras piconas que oscurezcan el Sella, las señas de identidad asturianas (como nuestra economía y demografía) han entrado en un proceso de decadencia peligrosa. El aire de nuestra pobre región huele a estancamiento, a oscuridad y a podredumbre, como esos armarios a los que hace muchísimo que no abrimos las puertas para airearlos, necesitados de una limpieza a fondo que elimine los trastos viejos y los hongos, polillas y carcomas.
Peligran nuestros bosques donde cada primavera menos castaños despiertan del letargo invernal y más elevan sus ramas desnudas al cielo, quizás en súplica, quizás en protesta. El chancro y el tinte, dos hongos parasitarios, se ceban en ellos sin que nadie los defienda. Peligran nuestros pueblos donde la burocracia y los intermediarios, dos carcomas parasitarias, han ido minando la moral de los paisanos hasta hacerlos casi desaparecer. Y peligra, ahora, nuestra patata, gran señora de las mesas astures, atacada por la polilla parasitaria guatemalteca.
Difícil resulta concebir nuestra gastronomía tradicional sin este sabroso tubérculo y difícil imaginar nuestras huertas sin su ciclo anual de siembra y recolección. Podremos, tal vez, engañar a los turistas plantando pinos, contratando actores foráneos para que paseen por nuestros pueblos vestidos de asturiano e importando patatas. Pero los de aquí sabremos que todo está mal. Ni los pinos dan castañas, ni los actores pronuncian el “Ho” con el acento debido, ni los productos importados saben lo mismo. ¿Cómo va a “maridar” una patata francesa con un butiecho, si ni siquiera hablan el mismo idioma?
¿Y qué hace nuestra Administración al respecto? Pues muchas cosas: echar la culpa al calentamiento global o al gobierno central, decir que pasa en todas partes, prometer el oro y el moro y esperar que escampe. Porque nuestra clase política también esta llena de hongos, polillas y carcomas parasitarios. Lleva demasiado tiempo cerrada, sin una buena limpieza a fondo, y necesita urgentemente que se abran las puertas, se saquen los trastos viejos y se ponga una buena dosis de naftalina.

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Puro aire
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Antonio Ochoa | 14-02-2017 | 16:58| 1

La ventolera levantada por el programa de Calleja ha dejado chiquito al reciente vendaval. Reconozco que no lo vi cuando lo pusieron porque soy más partidario de vivir las cosas que de verlas en la tele. Si quiero disfrutar de la maravillosa naturaleza de nuestra comarca, salgo a pasear y, si quiero disfrutar del famoso ingenio de Antón Chicote, voy a su bar y, de paso, disfruto también de sus no menos famosos vinos y patatas bravas. Pero, gracias a esas nuevas tecnologías que vinieron a enseñarnos, pude verlo ayer y así opinar con conocimiento de causa.
Para empezar, me encanta que el Director del Parque sea una persona joven, apasionada de su trabajo, pero también de la música y otras cosas. Si fuese un talibán de la naturaleza, incapaz de divertirse, de reírse de si mismo o de pensar en otra cosa, me preocuparía por él y por los que le rodeamos. Lo que se necesita para gestionar algo tan complejo como un parque natural es una persona “natural”, sencilla y abierta y no algún fanático adorador de robles.
Fue gracioso ver a los pretendidos misioneros que venían a descubrirnos las maravillas de las redes sociales descubrir que tenían más cosas que aprender de los indígenas que cosas que enseñarles (que también) y me agradó ver que unos y otros lo encajaron con naturalidad. La idea original del Sr. Calleja de venir de redentor (o provocador) es “pelín” insultante. Por suerte para él, unos geniales interlocutores cambiaron lo que podría haber sido un resultado penoso en un programa divertido, especialmente para nosotros los indígenas que, además de entender las palabras, entendemos los silencios y los gestos del asturiano de la zona. Como negativo, la propaganda (apenas) encubierta y no haber entendido desde el principio que las misiones y los “americanos” que nos traían la civilización son cosas del pasado. Pero Calleja es Calleja y, si a uno no le gusta, puede pasar de tele. ¡Hay tantas cosas que hacer en el mundo y tan poco tiempo!

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