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Lágrimas en el vino
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:19| 0

Hace unos días la Denominación de Origen Vino de Cangas se vestía de luto por el inesperado fallecimiento del que hasta hace poco fuera su Presidente, José Manuel Redondo. Siendo, como era, una persona entrañable, muchos que le querían y habían colaborado con él se me han adelantado a glosar su figura y sus logros. Quiero aportar, sin embargo, mi pequeño granito de uva, centrándome en lo que fue una de las pasiones de su vida, el vino de Cangas, y en esa eterna pelea entre la memoria y el olvido, quiero romper mi lanza la primera.
Porque a muchos les costará recordar o imaginar cuál era la situación del sector vinícola cangués hace dos décadas. No diré que nuestro vino entonces fuese “peleón”, pero hay que reconocer que era “combativo” y sólo los paladares más acostumbrados podían soportar sus acometidas. Los métodos de cultivo y elaboración estaban totalmente obsoletos y la superficie de viñedos que quedaba era poco más que testimonial. A todo esto hubieron de enfrentarse José Manuel Redondo y sus compañeros sin otras armas que el entusiasmo, el conocimiento y la profesionalidad. Una tarea hercúlea, muchas veces ingrata, que no hubieran podido llevar a cabo sin un enorme amor por la viña y el vino de Cangas heredado de sus ancestros.
Cuando paladeamos ahora nuestros caldos disfrutando de la calidad que han alcanzado o un premio concedido a alguno de ellos nos permite apreciar el prestigio que han conseguido en todo el mundo, no podemos sino asombrarnos de la magnitud del logro y sentir admiración por aquellos que nos han llevado hasta aquí. Los seres humanos terminamos nuestro viaje siempre demasiado rápido, pero, si nuestro paso es firme, las huellas que dejamos detrás permanecen largo tiempo. José Manuel Redondo dejó una profunda huella en los que le conocían y en la DO Vino de Cangas y, de todos los homenajes que sin duda se le harán, el de mantener viva su obra será el que más contribuya a que su memoria perdure.

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Libros
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:17| 0

Mientras leía hace poco las noticias locales en El Comercio, una foto captó poderosamente mi atención. Varios empleados y voluntarios colocaban libros procedentes de una donación en la biblioteca de Corias. El lugar y la actividad me retrotrayeron de inmediato casi medio siglo atrás. Yo, lector voraz a mis diez años, entraba en aquella inmensa sala por primera vez y quedaba extasiado ante tanta abundancia. Porque, aunque en mi casa todos éramos aficionados a la lectura y, diseminados por los lugares más inverosímiles, había novelas, comics, revistas y todo tipo de material impreso, nunca había podido imaginar siquiera que pudiera existir un lugar con tantos libros juntos, hilera tras hilera, estante sobre estante, la promesa de un festín de lectura interminable, casi infinito.
Allí pasé algunos de los mejores ratos de mi adolescencia, ajeno a cuanto me rodeaba mientras mi imaginación recorría vastos desiertos y espesas junglas. Allí, aconsejado por profesores y compañeros o inducido por mi propia curiosidad, exploré los más diversos géneros, temas y autores. La selección disponible de unos y otros era incompleta y expurgada, pero nunca dejé de aprender algo con cada libro, aunque sólo fuese a desarrollar mi sentido crítico. Alguna vez, incluso, trepé al pasillo superior cerrado a investigar lo que llamábamos “la zona prohibida” y que, en realidad, contenía libros antiguos, muchos en latín, cuya integridad peligraría en nuestras ávidas manos infantiles.
Cuando visité el parador al poco tiempo de terminar la reforma, me dolió ver los estantes vacíos como tumbas expoliadas y saber que les han devuelto su alma, su razón de ser, me reconforta. En estos tiempos en que nos bombardean y manipulan con imágenes y sonidos, un espacio tranquilo donde leer y pensar es imprescindible. Nosotros, lectores, debemos defender estos reductos de reflexión y calma frente a la invasión de lo inmediato y efímero. Debemos hacer proselitismo del sano vicio de leer, ser “vendedores” de libros, aunque sean electrónicos. Porque un mundo de bibliotecas vacías será un mundo de cabezas vacías y un bien triste lugar para vivir.

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Picar y rascar
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:16| 0

Recuerdo que, cuando algún visitante se mostraba renuente a echar un pinchito alegando falta de hambre, mi tía siempre los animaba con aquello de: “Picar y rascar es todo empezar”. Ahora, cada vez que repaso lo sucedido en Asturias en las últimas décadas no se me va de la cabeza ese refrán. Porque es muy posible que el desvergonzado comedero en que se convirtieron los dineros públicos empezase siendo un picoteo tímido, bocadito aquí, bocadito allá. Pero acabó siendo un banquete por todo lo alto con cientos de invitados y millones de euros de deuda. Sobrecostes disparatados; obras faraónicas sin sentido de la medida ni de la estética; pajares de bloque de hormigón llenos de corchos con fotos, pomposamente llamados “centros de interpretación” y más caros que una mansión de lujo; riegos asfálticos cobrados a precio de pavimento de mármol y muros medidos en pulgadas y facturados como metros salpican nuestra geografía y nuestra historia.
Rasques donde rasques, aparece algún asunto turbio. Sin embargo, parece que nos resistimos a poner las uñas a trabajar. Apenas hemos arañado un poquito la superficie con contratos de agua o de material escolar y dos o tres obras dudosas; “peccata minuta” comparado con lo que falta. Durante años las arcas públicas han servido de bufet libre para unos pocos. ¿Y ahora que pretenden que paguemos la factura entre todos, vamos a agachar la cabeza y callarnos? ¿Pero cómo van a pagar a escote el jubilado que lo único que comió fue un pincho de tortilla en un monte durante la excursión del Día de Tu Presidente Te Ama y el organizador del viaje que se compró un cochazo y un chalet en la playa con los beneficios? Estamos siendo demasiado educados, demasiado modositos, y dejamos que nos tomen el pelo. Tenemos que olvidarnos de los modales, sacar las uñas y rascar a fondo toda esa podredumbre que hay debajo. Sin eso, nunca conseguiremos eliminar la comezón que nos corroe y acabará infectando el poco tejido sano que nos queda. ¡Rasquemos!

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Apolillados
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Antonio Ochoa | 13-03-2017 | 16:14| 0

Por más gaitas que suenen en la TPA y monteras piconas que oscurezcan el Sella, las señas de identidad asturianas (como nuestra economía y demografía) han entrado en un proceso de decadencia peligrosa. El aire de nuestra pobre región huele a estancamiento, a oscuridad y a podredumbre, como esos armarios a los que hace muchísimo que no abrimos las puertas para airearlos, necesitados de una limpieza a fondo que elimine los trastos viejos y los hongos, polillas y carcomas.
Peligran nuestros bosques donde cada primavera menos castaños despiertan del letargo invernal y más elevan sus ramas desnudas al cielo, quizás en súplica, quizás en protesta. El chancro y el tinte, dos hongos parasitarios, se ceban en ellos sin que nadie los defienda. Peligran nuestros pueblos donde la burocracia y los intermediarios, dos carcomas parasitarias, han ido minando la moral de los paisanos hasta hacerlos casi desaparecer. Y peligra, ahora, nuestra patata, gran señora de las mesas astures, atacada por la polilla parasitaria guatemalteca.
Difícil resulta concebir nuestra gastronomía tradicional sin este sabroso tubérculo y difícil imaginar nuestras huertas sin su ciclo anual de siembra y recolección. Podremos, tal vez, engañar a los turistas plantando pinos, contratando actores foráneos para que paseen por nuestros pueblos vestidos de asturiano e importando patatas. Pero los de aquí sabremos que todo está mal. Ni los pinos dan castañas, ni los actores pronuncian el “Ho” con el acento debido, ni los productos importados saben lo mismo. ¿Cómo va a “maridar” una patata francesa con un butiecho, si ni siquiera hablan el mismo idioma?
¿Y qué hace nuestra Administración al respecto? Pues muchas cosas: echar la culpa al calentamiento global o al gobierno central, decir que pasa en todas partes, prometer el oro y el moro y esperar que escampe. Porque nuestra clase política también esta llena de hongos, polillas y carcomas parasitarios. Lleva demasiado tiempo cerrada, sin una buena limpieza a fondo, y necesita urgentemente que se abran las puertas, se saquen los trastos viejos y se ponga una buena dosis de naftalina.

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Puro aire
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Antonio Ochoa | 14-02-2017 | 16:58| 1

La ventolera levantada por el programa de Calleja ha dejado chiquito al reciente vendaval. Reconozco que no lo vi cuando lo pusieron porque soy más partidario de vivir las cosas que de verlas en la tele. Si quiero disfrutar de la maravillosa naturaleza de nuestra comarca, salgo a pasear y, si quiero disfrutar del famoso ingenio de Antón Chicote, voy a su bar y, de paso, disfruto también de sus no menos famosos vinos y patatas bravas. Pero, gracias a esas nuevas tecnologías que vinieron a enseñarnos, pude verlo ayer y así opinar con conocimiento de causa.
Para empezar, me encanta que el Director del Parque sea una persona joven, apasionada de su trabajo, pero también de la música y otras cosas. Si fuese un talibán de la naturaleza, incapaz de divertirse, de reírse de si mismo o de pensar en otra cosa, me preocuparía por él y por los que le rodeamos. Lo que se necesita para gestionar algo tan complejo como un parque natural es una persona “natural”, sencilla y abierta y no algún fanático adorador de robles.
Fue gracioso ver a los pretendidos misioneros que venían a descubrirnos las maravillas de las redes sociales descubrir que tenían más cosas que aprender de los indígenas que cosas que enseñarles (que también) y me agradó ver que unos y otros lo encajaron con naturalidad. La idea original del Sr. Calleja de venir de redentor (o provocador) es “pelín” insultante. Por suerte para él, unos geniales interlocutores cambiaron lo que podría haber sido un resultado penoso en un programa divertido, especialmente para nosotros los indígenas que, además de entender las palabras, entendemos los silencios y los gestos del asturiano de la zona. Como negativo, la propaganda (apenas) encubierta y no haber entendido desde el principio que las misiones y los “americanos” que nos traían la civilización son cosas del pasado. Pero Calleja es Calleja y, si a uno no le gusta, puede pasar de tele. ¡Hay tantas cosas que hacer en el mundo y tan poco tiempo!

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Cadenas de mentiras
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Antonio Ochoa | 14-02-2017 | 16:57| 0

Todos hemos recibido (¿Y reenviado?) un buen montón de mensajes de móvil de esos que, por el bien de la humanidad, piden ser reenviados a todos sus conocidos. Cuando uno de ellos aterriza en tu entorno, más vale apagar el “tiruluru” del teléfono para no parecer una discoteca. Su texto advierte de un supuesto peligro (virus o estafas, generalmente), incita a aprovechar imaginarios chollos o anima a participar en alguna inexistente causa solidaria. No importa, porque son todos falsos.
Estas cadenas ya existían antes. Siempre ha habido embusteros que se aprovechan de la credulidad y buena fe ajenas. Pero Internet les ha dado una dimensión inaudita y nos ha permitido comprobar la cantidad de unos y de otros que hay. Y no es que nos sorprenda el número de tramposos que pulula por ahí. Al fin y al cabo, somos los inventores de la picaresca. Pero, precisamente por eso, porque vivimos en el país que vivimos, que haya tanta gente que crea cualquier noticia que le llega y que se la cuente a sus amigos sin verificar su autenticidad es absolutamente asombroso y, a la vez, muy preocupante.
Porque lo que en Whatsapp es sólo una leve molestia, en el ámbito general de los medios de comunicación es un grave peligro. Y ahí también proliferan las falsedades, las medias verdades, las insinuaciones calumniosas y las tergiversaciones interesadas, lanzadas aquí no por bromistas o gamberros, sino por sicarios pagados para manipularnos. El problema es que, igual que reenviamos el aviso de virus, repetimos la información sin comprobar si es cierta. No sólo dejamos que nos engañen, les ayudamos a engañar a los que confían en nosotros. Por eso, la próxima vez que les llegue un bulo por la pantallita pequeña o por la grande, no lo pasen sin verificar su autenticidad, no permitan que les encadenen, sean un eslabón suelto y libren su vida y la de sus amigos de mentiras. La Sociedad de la Información, si ésta es falsa, nos convierte en esclavos de los manipuladores.

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Pedimos, luego nos dan
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Antonio Ochoa | 31-01-2017 | 22:09| 0

Una de las principales lacras de nuestra depauperada democracia es el mal uso de los fondos públicos debido a nuestra errónea actitud respecto a su propiedad. Los ciudadanos corrientes, que deberíamos sentirnos sus auténticos propietarios, los vemos como algo ajeno y los políticos, meros administradores temporales, se consideran sus verdaderos dueños. Nuestro desapego se nota en lo mucho que nos cuesta pagar impuestos y en lo fácilmente que nos desentendemos de su gestión. Cierto que estamos hartos de ver como el dinero pasa de nuestros pobres bolsillos particulares a otros bolsillos particulares más opulentos sin apenas recalar en la arcas públicas, pero deberíamos hacer algo más al respecto que usarlo como disculpa. Porque nuestra apatía no deja de alimentar una sensación de posesión en la clase política que, a juzgar por la tranquilidad con que muchos se lo embolsan, ya es demasiado grande.
Incluso en la gestión no delictiva de los dineros públicos sufrimos de esa tergiversación de roles continuamente. De hecho, ya ni la notamos. Leemos declaraciones como: “Pedimos al Ayuntamiento (o Principado) que nos arregle X” y no nos chirría ese “pedimos”. Porque realmente “pedimos”, como pueblerinos asustados, de pie ante la mesa del señorito, con la boina entre las manos y la cabeza gacha, suplicándole su favor. Nos hemos resignado a ser mendigos de nuestro propio dinero, siervos en nuestra propia tierra, sin que nuestra dignidad proteste. Por eso, a cualquier politiquillo del tres al cuarto hay que hacerle la pelota para que, con las migajas de los Presupuestos, te “construya” una acera o te “de” una subvención para un proyecto social, como quien arroja un mendrugo de pan a un pobre. Por eso, hay que reírle las gracias cuando viene a hacerse la foto. Por eso, las prebendas políticas se van haciendo hereditarias y nosotros vamos pasando de ser ciudadanos que exigen lo que consideran justo a lacayos que hacen zalemas esperando las dádivas de sus amos. Y por eso, porque nosotros “pedimos” no podemos quejarnos de que ellos nos “den”.

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Entre líneas
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Antonio Ochoa | 31-01-2017 | 22:08| 0

Hay noticias que son como sopa de sobre: tan repetidas y anodinas que nos las tragamos sin pensar. Incluso el que la escribe se limita a repetir esquemas y frases de otras anteriores sin más. Una de las pruebas, precisamente, de que no ha habido ningún cambio real en nuestro panorama político es que ni unos ni otros hemos empezado a cuestionarnos todo lo que va escrito entre las líneas y tras las fotos de estos reportajes. Porque ahí, oculto tras un texto anodino y una imagen tópica, hay otro mensaje: el contenido que realmente trasmite la noticia.
Tomemos como muestra la que aparece en El Comercio del 14 de este mes y que me recordó recientemente este hecho. Se titula: “El Principado renovará el firme de toda la carretera AS-15 esta legislatura”. Buena noticia, sí, pero analicémosla en profundidad empezando por el título. ¿Quién es ese Principado? ¿No somos todos nosotros parte de él? Entonces, la noticia debería decir: “Los asturianos vamos a arreglar la AS-15”. No suena igual, ¿verdad? Pues eso es lo que sucederá en realidad: con dinero de los todos los asturianos, funcionarios pagados por los asturianos elaborarán un proyecto para que obreros asturianos (espero) ejecuten la obra. ¿Y que pondrán de su parte esos políticos del famoso “Principado” que salen en la foto? Pues eso, su cara en la foto.
¡Ah, la foto! En los grabados de las pirámides de Egipto ya aparecen imágenes como esta: El joven sacerdote rogando por sus fieles ante Ra y después saliendo al balcón del templo a anunciar que ese año también crecería el Nilo. Tantos años de historia y tan poco avance. Seguimos adorando falsos diosecillos y esperando que nuestros sumos sacerdotes intercedan por nosotros. No me creeré que nuestra divina clase política haya cambiado hasta que aparezca uno al menos que se olvide de anuncios y fotos y deje que sus obras hablen por él. La verdad, los puñeteros egipcios podían haberse limitado a inventar la cerveza y nosotros podíamos haber espabilado un poquito.

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Sucedió en una galaxia muy lejana
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Antonio Ochoa | 31-01-2017 | 22:06| 0

El tiempo se desliza a nuestro lado de manera tan sigilosa que no somos conscientes de su paso. Cómodamente instalados en una imagen mental de nosotros mismos que nunca pasa de la treintena, raras veces nos percatamos de su presencia hasta que algún movimiento brusco nos hace girarnos y lo descubrimos tras nosotros, como un enemigo que se ha acercado subrepticiamente. Nos sucede cuando nos damos cuenta de que ese individuo al que acabamos de referirnos como “chaval” y que se sentaba en el pupitre de al lado ha sobrepasado los sesenta y tiene nietos. Nos sucede cuando observamos que los jóvenes en los bares acuden a nosotros para dirimir discusiones sobre hechos pasados y tradiciones, como si fuéramos archivos con patas. Resulta bastante descorazonador cuando esos hechos sucedieron mucho antes de que hubiéramos nacido, pero aún más cuando son cosas de nuestra infancia y nos sentimos impotentes al intentar explicarlas a alguien que no vivió aquella época.
El mundo que conocimos en nuestros primeros años en el pueblo era tan diferente del actual que incluso las palabras que empleamos para intentar describirlo ya no significan lo mismo ahora. Si decimos “fui de compras a Oviedo”, por ejemplo, un joven interlocutor pensará en una tarde aburrida, pero, para nosotros entonces, era una expedición tan emocionante e infrecuente que se comentaba durante largo tiempo. Decimos “no había televisión” y se encogen de angustia imaginando días y días sin conocer los últimos trapos sucios de los famosos. Pero nosotros no hubiéramos entendido que alguien aireara alegremente sus intimidades y, mucho menos, que se hiciera famoso sólo por eso y viviera de ello. Nunca habíamos conocido la tele y no la echábamos de menos. Podíamos divertimos perfectamente sin ella y sin ordenadores, tablets y móviles. De hecho, algunos aún podemos. No era sólo otro tiempo, era otra galaxia tan lejana que sus mismos conceptos básicos son tan extraños para la gente de ahora como los sables láser y las naves espaciales de George Lucas. ¡Que la fuerza nos acompañe!

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Pasado y futuro
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Antonio Ochoa | 14-01-2017 | 10:52| 0

Inevitablemente en estas fechas los comentaristas políticos nos afanamos en recordar lo que ha pasado durante año saliente y en predecir lo que podría acontecer en el entrante. Esto nos permite exhibir dos de nuestras carencias: la capacidad de análisis y la visión de futuro. Lean alguno de los artículos que dieron la bienvenida al año 1992, por ejemplo, y verán cuan equivocados podemos llegar a estar. Porque nosotros, en el Día de los Inocentes nos esforzamos en inventar noticias increíbles, pero la realidad, en los restantes 364 Días de los Culpables, nos demuestra que su imaginación supera ampliamente la nuestra. Cuando los españoles nos enteramos de que los estadounidenses habían elegido a Trump, nos costó creerlo y pensamos que les faltaba un verano. Pero debemos recordar que, cuando nosotros volvimos a votar al PP, ellos (los poquitos que saben que España es un país y no una película) pensaron que a los que faltaba un verano éramos nosotros. Y probablemente ambos estamos más acertados valorando el estado de maduración de los otros que eligiendo Presidente.
Durante el 2016 ha habido multitud de noticias que nunca hubiéramos creído de publicarse un 28 de diciembre. Tomemos, por ejemplo, el golpe de mano dado por la “nobleza de sangre” del PSOE contra los rojos plebeyos que querían hacerse con el control del partido para llevarlo a posiciones un poquito más progresistas. Tomemos, por ejemplo, su posterior alianza con el PP para que éste gobernara y cerrar el paso a la izquierda. Aún hoy, sabiendo que es cierto, me cuesta trabajo creerlo. Menos podría, pues, predecir qué futuro tendrá este pacto. ¿Aceptarán los militantes del PSOE que su partido pase de marxismo al feudalismo sin ningún problema? ¿Se resignarán los españoles a olvidarse de la regeneración democrática después de haberla tenido al alcance de la mano? La verdad es que no tengo ni idea, pero me atrevo a decir que se aproximan tiempos duros para los defensores de la libertad, los derechos de los humildes y el sentido común.

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