El Comercio
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Autor: abochoar_517
Esperando
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Antonio Ochoa | 18-01-2018 | 5:40| 0

Tiendo a ser amable por naturaleza y porque creo que lo que sembramos a nuestro alrededor es lo que nos rodeará en el futuro. Por eso, cuando una de las App de mi móvil comenzó a hacerme preguntas sobre los lugares que visitaba para ayudar a otros viajeros, no tuve inconveniente en contestar. Algunas veces, sin embargo, me descoloca un poco. Hace un tiempo, por ejemplo, quería conocer los servicios de que disponía la Estación de Autobuses de Celón. Para los que no la conozcan, dicha “Estación” mide algo más de tres metros de largo por dos de alto y uno de fondo, es de madera y suele conocerse por el aristocrático diminutivo de “marquesina”. Aún sonrío cada vez que la veo y me acuerdo.

Días después, sin embargo, iba en coche camino a Cangas, era de noche, llovía y un viento frío te atravesaba. Al llegar al Puente del Infierno, vi enfrente a tres personas, arrebujadas en sus abrigos, esperando el autobús. En aquel lugar y circunstancias, semejaban almas en pena aguardando temerosas después que el pulgar de San Pedro hubiese señalado hacia abajo. Pensé también que, a aquellos pobres viajeros, cualquier refugio, aún uno con un título nobiliario chiquitín, les habría parecido en aquel momento la antesala de cielo. Porque, cuando la Administración hace grandes dotaciones sin tener en cuenta para nada las pequeñas necesidades de los administrados, el paisaje se llena de elementos superfluos que luego se echan de menos donde de verdad serían imprescindibles.

Es este un paraje solitario, pero la confluencia de carreteras hace que, para los habitantes de muchos pueblos de Allande y Cangas, sea la parada más accesible del autobús de Oviedo. Por ello, confío en que alcaldes y consejeros se apiaden de todos los que tienen que esperan en medio de la oscuridad y la intemperie y les faciliten un refugio y una luz. Porque, si un día nos encontramos esperando junto a algún Puente del Infierno (especialmente aquel de dirección única), todos desearemos que alguien nos ofrezca otro tanto.

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Deseos
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Antonio Ochoa | 08-01-2018 | 6:34| 0

Los artículos de despedida de año suelen estar dedicados al recuerdo de lo que ha sido y los de bienvenida del siguiente,  a la esperanza de lo que queremos que sea. Por ello, dado que la memoria tiene la curiosa costumbre de ir resumiendo por su cuenta, es relativamente sencillo adaptar los primeros a un tamaño aceptable. Al fin y al cabo, si se pueden meter treinta siglos de historia de España en trecientas páginas, bien se pueden analizar doce meses en una. Los deseos incumplidos, por el contrario, no disminuyen, se acumulan. Si intentásemos detallar todos los anhelos pendientes y las esperanzas frustradas en este país sólo en el último siglo, nos saldrían bastantes más libros que a “Guerra de Tronos” y aún más deprimentes.

Por tanto, me circunscribiré a nuestra comarca y a un solo aspecto: las comunicaciones. Porque nadie duda que las malas comunicaciones fueron y son una de las causas de que la población del Suroccidente esté en caída libre, que es el problema más acuciante al que se nos enfrentamos. No creo, sin embargo, que sean las carreteras el mayor obstáculo. Bienvenidas, por supuesto, todas las obras y mejoras, pero, para cualquier vecino de un pueblo, rebajar de hora y media a hora y cuarto la distancia al Centro no supone una ventaja tan significativa. Ni vamos tantas veces ni tenemos tanta prisa. Hay otras carencias comunicativas muchísimo más graves y urgentes.

Imagínense que, por alguna catástrofe tecnológica, un barrio de Oviedo quedase sin internet y sin cobertura de móvil por tiempo indefinido. ¿Cuánto creen que tardarían en amontonarse las protestas? ¿Horas? ¿Cuánto creen que tardaría en formarse un escándalo político y mediático? ¿Días? ¿Cuánto creen que tardaría el barrio en decaer? ¿Meses? Muchos pueblos de aquí llevan así toda la vida y no se vislumbra que la cosa vaya a mejorar. Ignorar este problema y luego pretender que se está haciendo lo posible por fijar población es pura palabrería. Los jóvenes de hoy en día nunca se plantearán quedarse en estas condiciones.

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Problemas
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Antonio Ochoa | 01-01-2018 | 11:55| 0

Como cada diciembre, las ondas y los papeles se llenan de sesudas reflexiones y enciclopédicos resúmenes sobre el año que acaba y no hay duda de que en 2017 el tema estrella será el “problema catalán”. Eso demuestra  hasta qué punto estos tiempos de la posverdad (una manera cursi de decir “falsedad”) nos han afectado. Porque yo no creo que exista tal “problema catalán”. El hecho de que cerca de la mitad de los habitantes de un territorio no acaben de encontrarse a gusto en la España actual no es, para nada, exclusivo de Cataluña. Estoy convencido de que, si preguntamos al resto de los ciudadanos de este país, nos encontraremos con porcentajes similares o superiores. Lo que realmente nos ha traído de cabeza este año (y los anteriores) es, pues, el “problema español”, derivado de una corrupción galopante, un reparto de la riqueza cada vez más injusto y un convencimiento general de que ya no somos todos iguales ante la ley. Es muy difícil sentirse “a gusto” con eso.

Para solucionarlo, los españoles, demostrando nuestra madurez, hemos optado por la negación o la minimización (“No existe”.  “No es para tanto”.), la resignación (“No se puede hacer nada”.), la descarga de responsabilidades en otros (“Alguien tendría que hacer algo”.) o la esperanza en una milagrosa transmutación (“Los partidos que nos han estado robando se van a reformar y van a arreglar las cosas”.).  Los catalanes han hecho lo mismo, añadiéndole un pequeño toque racista (“Los catalanes de verdad no hacen estas cosas”. “Si te roba un catalán, no es tan grave”. “La culpa es del resto de los españoles”. “Convergencia y Ezquerra van a dejar de robar y nos van a salvar”.).  Y lo más divertido del caso es que, si en todas estas frases intercambiamos “catalanes” y “españoles”, tendremos también los eslóganes de los nacionalistas de este lado. Si no dejásemos que nos entretuviesen con el “problema catalán” y pusiéramos manos a la obra para solucionar el verdadero “problema español”, el otro quedaría resuelto al mismo tiempo.

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Sin palabras
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Antonio Ochoa | 26-12-2017 | 6:16| 0

Llegadas estas fechas, un fino y persistente urbayu de paz, amor y tolerancia nos empapa hasta los huesos, mitiga nuestros fuegos y nubla nuestra visión. Todos esos bípedos ambulantes, que normalmente pululan por ahí estorbándonos, vuelven a parecernos, incluso, humanos. Los miramos atentamente y casi podemos percibir una chispa de inteligencia en sus ojos. Nuestras defensas frente a los demás caen a mínimos y nuestro usual instinto gregario se exacerba. Sentimos la necesidad de reencontrarnos con conocidos y familiares que usualmente tratamos poco o, en algunos casos, evitamos. Queremos acercarnos, abrazarlos, hablar, compartir una copa con ellos y ese es (¡Ah!) uno de los peligros navideños. La palabra es una mercancía delicada, hasta intercambiada entre amigos, peligrosa, entre gente que no se conoce demasiado bien y explosiva, si se mezcla con alcohol.

Debajo de esas frías cenizas y esos rescoldos apagados por la llovizna de amor navideña, siguen ardiendo las brasas que nos han enfrentado todo el resto del año (o toda la vida) y basta un comentario imprudente para atizarlas y que estallen fieras otra vez las llamas del conflicto. El camino por unas fiestas pacíficas está sembrado de trampas y la prudencia no es una opción, es una necesidad. Empezaremos por evitar zonas peligrosas como el fútbol o Cataluña, pero no hay ninguna ruta completamente segura. Si no conocemos el terreno, iremos sondeándolo con cometarios neutrales y, si vemos que la cosa se caldea, cambiaremos inmediatamente de tema. Pero habrá que tener cuidado y ser rápido. A veces, empiezas diciendo algo tan inocuo como: “Hace un día precioso” y acabas discutiendo sobre el cambio climático y los incendios forestales. No deje que los villancicos le engañen, los habitantes de este país hemos pasado mucho más tiempo peleándonos entre nosotros que con los de afuera; por algo será. Lo mejor es siempre hablar poquito, sonreír mucho y asentir pensativamente de cuando en cuando. Todo el mundo le considerará un conversador ameno e inteligente. Es una buena táctica, incluso, para todo el resto del año. Felices fiestas.

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Indios
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Antonio Ochoa | 20-12-2017 | 12:58| 0

Cada vez estoy más convencido de que, dentro del Gobierno regional, existe un departamento secreto, la Oficina de Asuntos Indígenas, que se encarga de gestionar todo lo relativo a las alas rurales asturianas y que funciona según el modelo de las reservas indias americanas del siglo XIX. Sólo así se puede explicar que, vengan de la Consejería que vengan, todas las normativas, disposiciones y leyes nos peguen siempre en el mismo carrillo. Sólo así se puede entender que, en nombre del progreso, nosotros los indígenas, nuestra cultura y tradiciones hayan sido llevados al borde de la extinción en unas cuantas décadas. Nos negamos a adaptarnos a la “modernidad”, a ser “competitivos”. Nos aferramos a nuestros antiguos modos de vida “salvajes” y, por tanto, en beneficio de la “civilización” tenemos que ser eliminados.

Imagine que Pachu, harto de la vida urbana, pretende volver a sus orígenes y recuperar la abandonada casería de sus ancestros. Para empezar, rehabilitar la casa le va a costar una montaña de documentos, fotos, permisos, licencias y trámites anteriores, intermedios y posteriores. Con un buen abogado y un montón de dinero, será afortunado si termina en tres años. Preparada la casa, le tocará prepararse a él. Antes de poder comprar gallinas o limpiar “veras”, deberá acabar la “carrera” de ganadero. Necesitará carnét de conductor de Pascualín, de manejo de animales con psicología, de sulfatador de ortigas, de manipulador de huevos y muchos más, cada uno de ellos con su examen y sus tasas. Después, tendrá que aprenderse tochos enteros de legislación para saber dónde hay que pedir permiso para cortar leña y dónde, para “cavar” un trozo de monte (hay que pedir los dos, sí). Necesitará aprender a evitar los cantaderos de urogallos (aunque nadie haya visto uno allí en siglos) y las molestias a los jabalíes (aunque luego bajen todas las noches al pueblo a echar un pincho), porque ellos son animales y tienen sus derechos y Pachu es ahora un indígena salvaje más de la Reserva, no tiene ninguno y su viacrucis continuará…

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